Si hay algo que desgasta los vínculos es la actitud de quienes reciben, pero rara vez devuelven un gesto.
No hablo de respuestas a lo grande, sino de esa mínima disposición a reciprocar la entrega material o el tiempo - ¡el valioso tiempo! - que alguien te ha concedido y que para ello debió posponer otras prioridades personales.
En una sociedad cada vez más acelerada, donde la prisa y el individualismo parecen imponerse, la gratitud se convierte en un acto de justicia emocional. Practicarla nos vuelve más solidarios; en otras palabras, nos hace mejores personas.
La reciprocidad es un principio universal que nos llama a responder las acciones positivas con otras de igual corte. Es el cemento que mantiene unidas las relaciones y fortalece la confianza mutua. Su ausencia, en cambio, deja un vacío que no es material, sino humano.
Mucho se ha escrito, desde la antropología y la psicología social, de que ser recíprocos genera confianza y cooperación y va más allá del hecho de que yo te doy solo si tú me das.
Es, simplemente, llegar con una gratificación oportuna cuando alguien te ayuda. Basta, por ejemplo, un pequeño gesto de vuelta, no como pago, sino como la forma de mantener viva la confianza y la empatía hacia esa vecina que toca tu puerta con el platico de caldosa recién hecha porque has pasado la noche con fiebre, o la colega - ¡gracias miles, Cira Peraza! - quien cada mes comparte el medicamento capaz de mantener a raya el padecimiento crónico de tu madre.
Corren tiempos en que la gratitud se convierte en un acto necesario. No la frase hecha, sino la práctica real de reconocer lo que recibimos de los demás.
Sin ella, los vínculos se vuelven frágiles. Por eso, la próxima vez que alguien te tienda una mano, no hace falta que calcules una deuda. Solo pregúntate: ¿qué puedo ofrecer yo a cambio? No por obligación, sino por el simple placer de recordar que seguir siendo humanos es, sobre todo, saber devolver lo que nos han obsequiado.
Otras informaciones:

![[impreso]](/file/ultimo/ultimaedicion.jpg?1781458616)