Foto: Ilustración: Martirena

No olvidaré que entré por la primera puerta delante de mí, luego de bajar una escalera que parecía dar a un sót ano. Eran pasadas las doce de la un día de sol cubano. Caminé por el pasillo y sólo había una mujer rubia tras un buró. Saludé y sin esperar respuesta me senté frente a ella le extendí un papel y dije: “necesito me digan que tiempo tengo”.

Leyó, me miró y salió. Tardó en regresar y cuando lo hizo dijo señalando el techo: “suba, en la puerta número ocho, la esperan”. Fue mi entrada triunfal en el Instituto de Endocrinología.

En plena pandemia de Covid-19.

Llamé por un malestar y me citaron. En la puerta, mi médico esperaba; en el laboratorio me chequearon.

Hoy tuve otro exámen y siguen con esmerada atención del primer día. Hace exactamente 13 años repito ese ritual y aseguro: “ahí tienen los sinsabores, tropiezos, risas, amores y desamores de cualquiera y la ternura no la pierde” .Por suerte un amigo del alma fue en búsqueda para regresarme.

Invitaciones vs reflexiones Quería tener una casa amplia para invitar amigos. Vinieron los que preferían té con chocolate o galletitas; los que gustaban de tragos y saladitos. Los que preferían la abundancia:
esos que no se llenan en su casa y sí, en la tuya. No me preocupaba, soy amante de la cocina.

También de esas personas que al abrir la puerta se les dice: “bienvenido a este, mi mundo”; aunque no valoran el ofrecimiento. También hubo de los que no volvimos a invitar. Al final nos sentimos bien. Los tiempos son otros. ¿Los amigos? Algunos no están, otros viven lejos y los que quedan solo nos llamamos, de vez en vez. Es otro tiempo.

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