Foto: Ilustración: Martirena

“¿Pongo las luces aquí?” -Preguntó Colomina. “Hay poco espacio ahí, dejémoslo para el final”, dije. Una explosión nos hizo salir volando hacia la puerta, donde Padilla -el camarógrafo- se trabó al no quitarle el trípode a la cámara y los tres fuimos al piso. El investigador dueño de la fórmula que probaba resultó con quemaduras leves. Decidí que el chófer lo trasladara al hospital.

En todo aquel contorno nadie salió ni a mirar. Me pregunté: “¿parece que es algo normal que aquí haya explosiones…?” Fuimos a esperar el carro bajo las sombras de unos árboles (por si acaso).
Colomina, resultó el único de nosotros que sufrió en un brazo una pequeña quemadura. Aún sin reponernos del impacto, me abrazó y dijo: “Gracias a ti estamos vivos, imagínate si tú no hubieras sugerido dejar la filmación de ese lugar para el final…”.

En ese abrazo sentí algo especial, como si reafirmara mi existencia, y hoy a muchos años de aquel estruendoso hecho puedo asegurar que no lo he olvidado. Y sin ser absoluta, creo no haber sentido algo similar hasta que otra persona me abrazó cuando pasé el virus actual. Y todo vino a mi mente cuando otro compañero de trabajo del NTV, Luis de la Rosa, replicó –por considerarlo algo más que curioso-, un escrito sobre lo que un abrazo puede hacer perdurable entre los humanos.

¿Es algo cotidiano el gesto de abrazarse? Generalmente las personas se dan un beso en las mejillas y colocan un brazo en el hombro, aunque algunos tienden a un mayor acercamiento. He viso a jóvenes que al cruzar la calle a una mujer anciana le pasan los brazos por los hombros en gesto de dar más seguridad; pero todos en casa abrazan a sus abuelos, diría que esos gestos de envolver a otro ser humano solo es más común hacia las mujeres.

Especialmente para mí un abrazo en algo que no es intimidante. Se recibe como una ofrenda de cariños, de (sin palabras) expresar cuánto hemos extrañado o nos han extrañado. Es un silencio donde dos seres humanos se prodigan agradecimientos, amor y -a veces- incluso trasmitimos lo que no expresamos en palabras o simplemente una forma de agradecimiento por un hecho especial.

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El valor de una amistad en tiempos difíciles