
Un virus desconocido recorre el país y las orientaciones de qué hacer, van de un extremo al otro.
Cuento las duralginas y decido regalarle a un vecinito alérgico -como yo- al paracetamol. Aún quedan suficientes por lo que le extiendo dos a una vecina que vive sola.
Todos en silencio han tomado precauciones. Una amiga tiene las llaves de otra por si sucede algo y así escucha usted que alguien -al pasar por los bajos del edificio- pregunte: “¿y cómo le va...? ¿Mejora?
Un pozuelo con sopa o una botellita de jugo pasa de una ventana a la otra con la advertencia: "me llama, no tenga pena".
En la panera, que tiene algunos escalones, nadie se queda sin comprar. Quienes no pueden subir tienen a otro que le alcanza su cuota.
Eso somos: solidarios, consejeros, médicos empíricos.
Así escuchas: "toma hierbas de... y te acordarás de mi”, Chistosos: aunque tengamos dolor nos abrazamos. Somos cubanos, únicos ante cualquier situación nadie se amilana.
En el policlínico está la médico que también tiene secuelas del virus (chicunyunga, no quería mencionarlo) muy atenta dice: "hay que inyectarte benadrilina para que atenúes el ardor del rach".
Mientras en las redes sociales algunos, con malas intenciones, tienen respuestas de los cubanos que acá o allende los mares envían los disimiles mensajes de acompañamiento y buenas vibras como si estuvieran en el balcón del lado.
Froto mis manos con un aceite chino que un ser muy querido me dejó con la advertencia: “es muy bueno para la inflamación de las articulaciones”. Las secuelas del virus chicunyunga obligan su uso y espero mejorar para seguir escribiendo de lo que piensa, lucha y ama mi pueblo.
Ver además:
¿La familia o la escuela? Responsabilidad compartida en la forja de valores

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