Hace días, mi vecino Eduardo se detuvo ante la vidriera y observó el libro de arte que
necesita. Cuesta 500 CUP. Es caro pero, pero lo comprará. Cuando con un billete de mil pesos se dirige a la caja, automáticamente la dependienta le devuelve 350 CUP y él, le dice que se ha equivocado.
Entretenida como si el cliente fuera cualquier cosa responde que el precio es de 650 CUP. Eduardo
sale mira la vidriera donde descubriera el libro y decide regresar, interpela a la cajera y reclama su vuelto completo. Sucede lo inaudito la empleada llama a otra como si hubiera desenmascarado algo increíble y dice: “mira el libro cuesta 500 y los he vendido a 650”.
Pero lo increíble es que lo que debe devolver lo extrae de un sobrecito que guarda en su cartera y no llama a la administradora para borrar de la caja registradora el precio que ella, “equivocada”, había marcado. Para unos esto es un descaro, para otros es luchar la vida, para mí abuela es robar, para los especialistas es corrupción.
Lo que nadie sabe cómo se guarda ese secreto de tomar dinero ajeno, cómo se reparte. Lo cierto
es que quienes se dedican a tomar dinero ilegal, su casa respira otro aire, la mesa se viste de otros olores. Puedes recorrer mercados, boutiques, librerías y lo raro es que el kilo (centavo) tenga vuelto.
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