
Hay una verdad innegable en la geografía íntima de Cuba: el ron sabe diferente en buena compañía y mejor con un justificante moral que valide "empinar el codo", como solían hacer los protagonistas de esta anécdota, sabrosa y picarezca, que ocurrió hace algunos años en una calle de la popular barriada de Buenavista, en el municipio de Playa.
Eran gente seria, amigos incondicionales y luchadores: uno, vendedor del mejor turrón de maní de la zona; otro, el mecánico -cacharrero, diríase más bien- de los carros antiguos de la vecindad; el tercero, mensajero, y el último, albañil de trabajitos menores, ese que echaba una mano donde hiciera falta.
Todos los día, al terminar sus respectivas jornadas, se daban cita en el patio de la casa del manicero a jugar dominó, pero no podía ser a secas, por eso siempre buscaban las posibles razones para darse sus traguitos. Eso sí, nada de excesos, solo para amenizar el momento. Aquello tenía su encanto: luego de destapar la botella, y, por supuesto, cumplir con el ritual de verter al suelo el primer chorrito dedicado a los santos, era obligatorio hacer un brindis que justificara la presencia - a éstas alturas casi obligatoria y necesaria- del alcohol.
Entonces traían a colación las más insospechadas excusas, lo mismo dedicaban el trago a un cumpleaños, el aniversario de bodas de uno de ellos, la graduación del hijo del vecino, el nuevo trabajo del primo lejano, el viaje de la nieta...todo era válido.
Y así, entre familiares y amigos, presentes o ausentes; conocidos o no, iban agotando el calendario sentimental para beber sin culpas. Hasta que un buen día, con la botella nueva y los vasos servidos, llegó el silencio. Parecía que se habían quedado sin pretextos.
Fue entonces cuando uno de ellos, con esa chispa que solo el ingenio popular cubano puede parir en la hora del apuro, dijo: "¡Hoy es el cumpleaños de Ana Fidelia; brindemos por ella!
Era 23 de marzo, precisamente el día del onomástico de la campeona cubana de atletismo, esa que corría como si el viento le debiera favores: bicampeona mundial de 800 metros y medallista olímpica en Barcelona 1992 y Atlanta 1996, además de ser dueña de 39 victorias consecutivas en su prueba. Nada menos.
Imaginemos la escena: cuatro amigos de Buenavista, con su ron barato pero su brindis caro de intención, levantando el vaso por Ana Fidelia Quirot, a la que jamás habían visto en persona, de quien probablemente no sabían con exactitud sus marcas ni sus tiempos.
Pero en ese brindis anónimo, sin estadio ni medalla, le estaban haciendo el homenaje más sincero que pueda recibir esa guerrera que supo ganarse el calificativo de La Tormenta del Caribe: el del pueblo que la nombra como si fuera de la familia.
Lo que estaban celebrando no era un cumpleaños real, sino la posibilidad de seguir juntos. Salud, entonces, por Ana Fidelia, por los motivos inventados y las razones más ocurrentes; por esas cuatro personas anónimas a quienes suelo recordar cuando alguien dice que las celebraciones precisan de un por qué.

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