El olor a aceite de coco inundaba la atmósfera. Corría según la orientación del viento y de cerca podías observar un hilo de humo blanquecino emerger entre los cabellos risos que sucumbían al laceado cuando manos expertas deslizaban el peine caliente. Observaba –con la curiosidad de mi edad– a las mujeres de piel negra la forma en que “desenredaban” sus pelos, no sé si para desenredarlos y lograr el peinado fácil o en imitación a las blancas. Los negros se pelaban bajito para evitar tanto enredo.
Nunca me preocupó ese procedimiento; pero si pedía a mi madre que tejiera mis trenzas como las de mis amiguitas negras. Sin embargo, mis cabellos, semejantes a los de un chino, no asimilaban la técnica de torcido proveniente del África.
Han pasado muchos años y no he tenido noticias de mis vecinitas negras, a quienes les decíamos, indistintamente, haitianos o jamaiquinos. Miriam la jamaiquina o Brown, el haitiano, a quienes aprendí a identificar no por el color de la piel, sino como mujeres y hombres.
Vivíamos lejos de sus asentamientos; pero ninguno de los blancos se resistía a dejar de consumir las panetelas o turrones ni dejar de tomar prú con hielo frappé que elaboraban en forma artesanal. En casa, preguntábamos el por qué (algunos) decían que los negros olían diferentes, que miraban al piso, que eran sumisos, marginales… Entonces mamá decía: “Hablen bajito, ellos son personas decentes”. Domesticación de tradiciones vs identidad.
Con los años supe que las mejores firmas de cosméticos afirman que el aceite de coco es divino para el pelo y la piel. Tengo una herencia femenina de mamá, mi abuela y mi tía Ana Teresa. De las dos primeras aprendí a vestirme; sin embargo, con mi tía a ponerme los accesorios. Nunca la vi sin aretes y algo en el cuello, sabía el arte de combinar: cara bonita y cuerpo no tanto.
Alta, tenía la sabiduría de arreglarse y verse como digo yo a larga distancia que es precisamente lo que nos diferencia. Ana Teresa cuando tocaban la puerta de la calle se miraba al espejo. Nunca salió a ver quién llamaba en bata de casa ni con delantal. Hablaba bajito y yo me reía porque cuando regañaba a uno de sus hijos parecía que estaba rezando; pues afirmaba que la educación define a las personas y, en cuanto a las intimidades, los vecinos no tienen que saber nada.
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