Foto: Ana Maura Carbó Durán

Hay soledades que nunca recuperan el acompañamiento. Hay acompañamientos que no logran llenar espacios de soledades. No es ficción. El doctor Jorge Luis examina mi piel y la puerta de la consulta está abierta. Su colega Ernesto saluda. Pregunta por un paciente, en sala, y lo invita a pasar –al día siguiente– por el salón. Sonríe y dice, como si debiera una explicación: “Me gusta que vaya” y Jorge Luis agrega: “Es lo mejor que he conocido en los últimos tiempos”. Evidentemente ustedes aman está profesión les digo. Solo así, en estos tiempos difíciles, vencen los avatares. Mi médico responde: sí la amamos.

Evoco a mi padre cuando nos dijo: “No me preocupa qué van a estudiar. Ustedes pueden ser limpiabotas…, sólo pido que las personas acudan a ustedes porque sus zapatos serán los que más brillen”. Y creo que encaminamos nuestras vidas con su consejo. Mi hermano menor me invitó a conocer un barrio “marginal”.
Íbamos conversando y mirando cuando un niño pequeño salió corriendo hacia nosotros como si nos conociera. Detuve el paso y le pregunté a mi hermano: ¿Conoces a ese nené? “Sí. Cuando llego al círculo a dejar a mi nieta Arian, él siempre está llorando…, está en adaptación, la mamá lo deja calmado pero luego llora. Llego, lo cargo y cuando se calma me voy”.

¿Y qué tu harías si el padre o madre salen ahora que el niño te reconoció? “Nada, decirles que soy maestro y además padre, converso con su bebé hasta calmarlo”. Eso es amor a la profesión, respondí. Y ese sentimiento se cultiva desde casa. Hay que encaminar la vida desde el sentimiento al otro sea de cualquier color su piel, tenga o no alguna discapacidad, sea más o menos inteligente. Un obrero califi cado,
un profesional de cualquier índole, en fi n el más común de los seres humanos si realiza su labor porque se siente pleno en su realización será feliz y hará feliz a quien atienda.

Eso me quedó más que claro cuando fui a la consulta de Jorge Luis y escuché la conversación con su colega Ernesto. No fue ficción este testimonio. Eso sí, como no les pedí permiso no diré el hospital donde trabajan. Se acerca el Día de San Valentín y es mi forma de buscar un motivo para agradecerles. No pido un regalo. El mejor resulta el acompañamiento diario. Ese esperar el uno por el otro, recibir una llamada, un apretón -cuando en silencio te rodean por los hombros- o de un bolsillo sacan un diminuto bombón de chocolate negro, que te guardaron con una sonrisa.

Doy gracias a la vida por haberme regalado la dicha de que alguien me amó. De conocer el latir loco que provoca una mirada, la desesperación de esperar qué llegue. Felicidades a quienes amaron, aman o simplemente recuerdan.