Foto: Francisco Blanco

Nunca me había sentido tan querida, ni mimada. Y conste que aquellas frases no salieron precisamente de los labios de mi amoroso compañero de cuarto, ni de otras personas allegadas.

Las dijo alguien que no me conoce, nunca me ha visto, y jamás intercambió palabras conmigo.

Llamé por teléfono a un departamento de atención al público para conocer sobre un trámite de rutina. Del otro lado del auricular me llegó la voz de cierta joven, quien, en un frustrado intento por mostrarse amable y solícita, pecó de cariñosa en exceso.

En medio del corto diálogo que sostuvimos, se deshizo en expresiones de las que, estoy segura, nadie ha escapado, como: “dime mi amorcito”, “en qué te ayudo mi cariño”, “lo siento mi chiquitica”…, y otras más, que denotaron la más absoluta falta de educación y respeto.

Bastaría con escuchar una voz armoniosa y cálida, capaz de hacernos sentir cercanos y atendidos con empatía; lo experimenté esa misma mañana, cuando aquella secretaria, de tono pausado y trato profesional, me abrió el camino para fijar una cita con su jefe.

Se afirma que constituye todo un arte atender a alguien por teléfono, pues define la imagen de cualquier entidad; inclusive se habla de la existencia de cinco reglas de oro, de 18 pasos y de más de una decena de recomendaciones para no fallar en una comunicación auditiva. Pero lo cierto es que nunca será una alternativa excedernos en edulcoraciones, que solo dejan un sabor dulce, pero amargo a la vez.