Foto: Cartel

La vida coloca a cada persona en su lugar. Tal sentencia pudiera ser la mayor afirmación cuando se enfrenta la disyuntiva de ser o no ser, de estar y actuar; así –con esa filosofía callejera- aderezada con los códigos de la gente de barrio marginal, creció Malanga, un hombre que se relaciona con sus iguales para marcar el rumbo de sus existencias en la lucha cotidiana que les obliga a buscar vericuetos de sobrevivencia donde otros encuentran muros y laberintos sociales excluyentes e insondables, hasta que se encuentran con aquellos que sostienen sobre sus hombros las responsabilidades para sacar adelante el país y, entonces, sobreviene el cambio que provoca la reflexión y el entendimiento.

Eso le ocurrió a Malanga. Encontró un referente en aquel joven carismático, militante del Partido, con responsabilidades que unen el día con la noche sin diferencias en el horario, sin rebajarse a la comodidad del cargo que representa a muchos coterráneos y no lleva nada de más a su hogar, solo el ejemplo férreo del que lucha todos los días para defender la ideología por la cual otros cayeron en el sendero que lleva la dignidad como altar de la Patria.

Desde entonces, el barrio cambió, el entorno es de cooperación y apoyo. “Díganos qué debemos hacer”, “Cuándo nos va a explicar las novedades de la situación compleja que enfrentamos”, “Vamos a poner este lugar bien lindo, para que no se acumule la basura y la gente respete el entorno”.

Así transcurre una jornada en el reparto Flores del capitalino municipio de Playa, entre el laboreo de aquellos que contribuyen a cambiar la imagen de marginal como término casi despectivo y lo encuadran en un significado mucho más consecuente con el ejemplo que motiva y provoca esa reacción de conciencia en una frase: “Asere, aquí estamos para lo que sea, esta Revolución es de nosotros y vamos a defenderla”.

Y sucede: otros se suman, y no son tres, ni cuatro aquellos que, como Malanga, tienen sus códigos de abacuá o de quienes son llamados padrinos porque ocupan un importante escalón en la condición de Oluos o sacerdotes de Ifa, en el panteón Yoruba.

Vienen y chapean, limpian y mantienen el orden que debe ser respetado como la condición más importante del barrio, en el concepto martiano de “Con todos y para el bien de todos”.

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