
Hablar de Cuba en términos peyorativos puede resultar fácil para quienes describen los problemas que enfrentamos los cubanos, desde enero de 1959, hasta la fecha, sin tener en cuenta las causas que provoca el bloqueo impuesto por el gobierno de los Estados Unidos para generar las escaseces de materiales, medicamentos, alimentos, insumos para construir viviendas, adquisición de vehículos y combustible para garantizar el transporte, créditos para acceder a bancos.
Me refiero a quienes agregan falsedades creadas desde el lado oscuro de la conciencia: esa parte que no guarda nada de la dignidad necesaria para identificarse con la memoria histórica de nuestra nación y le dan cabida a las “bolas” para hacerlas rebotar como si fuesen pelotas de pin pon sobre el globo terrestre.
A partir de entonces, cualquier cosa podría ocurrir.
No es que discrepe en relación con la necesidad y positividad en cuanto a la diversidad de puntos de vista y argumentos en relación con cualquier tema de interés nacional. Mucho menos me opongo a quienes buscan sus recursos para defender un punto de vista. Solo advierto que el fin no siempre justifica los medios.
Sin embargo, debemos tener en cuenta en nuestra historia que la campaña mediática de Estados Unidos contra Cuba no comenzó con el triunfo del Ejército Rebelde. Mucho antes, desde que se alzaron las primeras voces libertarias, ya se revolvían los sueños imperiales de ocupación de nuestra Patria en la vecina nación del Norte.
Los invito a pensar en el momento que el reloj marcaba los doce meridiano de aquel día 1ro de enero de 1899, en que los habaneros observaron el movimiento de pabellones sobre la fortaleza del Castillo de los Tres Reyes del Morro. Caía la bandera española poco más de tres siglos. Unos 387 000 cubanos habían muerto al finalizar la contienda entre el ejército colonialista y el Ejército Libertador (1895).
Ese fue el precio de cruentos años de lucha impuestos por la metrópoli. El país víctima y empobrecido también perdía las esperanzas libertarias ganadas en el fragor del combate en la manigua frente a las tropas de ocupación españolas. Minutos después subía al mástil una tela de barras rojas y estre
ellas sobre fondo azul: la bandera de los Estados Unidos.
No debemos olvidar: ¿Por qué pelearon nuestros abuelos y padres, mujeres y hombres cubanos, en desigual enfrentamiento contra un ejército alimentado y apertrechado? Es necesario evocar al presbítero Félix Varela y Morales. Por supuesto, hablar de un 10 de octubre de 1868. Estas son las claves de un 24 de febrero de 1895, cuando por órdenes de Martí se levantan 35 aldeas en el Oriente de Cuba en lo que se ha dado en llamar el Grito de Baire.
La prensa norteamericana desplegó sus cañones para informar de la “participación” del ejército estadounidense en una guerra que había ganado, a coraje limpio, un ejército de mambises. No podemos olvidar a los próceres de aquellas contiendas que tuvieron lumbre con las encendidas palabras de Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868.
Para hablar de Cuba, y romper el silencio mediático impuesto por el gobierno de los Estados Unidos, debemos tener en cuenta la imposición colonialista de la dominación cultural que permita borrar la historia de un pueblo, de un país y su identidad. Destruir los valores de la memoria histórica de una nación que tiene un nombre geográfico: Cuba, pero común para todos sus hijos: Patria.
Sobre ese pedestal escribieron sus nombres quienes defendieron las bases de una conciencia nacional; a partir del significado de la unidad en la libertad alcanzada. Precisamente, ese fue el compromiso de la Generación del Centenario de José Martí en la epopeya final de nuestras luchas libertarias que abrieron el definitivo camino de la independencia en enero de 1959, y la continuidad de esa obra independentista en el Centenario del Comandante en Jefe Fidel.
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