Melba Hernández y Haydée Santamaría. Foto: Tomada del Facebook de Roberto Morales Ojeda

El 20 de febrero de 1954, las puertas del Reclusorio Nacional para Mujeres en Guanajay se abrieron para Haydée Santamaría y Melba Hernández. Siete meses después del asalto al cuartel Moncada, estas dos mujeres excepcionales recuperaban su libertad, pero no porque hubieran aceptado un camino fácil. Valientes hasta la médula, rechazaron el indulto del Tribunal. Su exigencia fue tan firme como su convicción: querían ser juzgadas y condenadas con la misma vara que sus compañeros, asumiendo con orgullo y responsabilidad su lugar en la historia.

Lejos de pensar en un merecido descanso tras la prisión y la tortura (en el caso de Haydée, con el dolor aún fresco por el asesinato de su hermano y su novio), su mente estaba puesta en una misión. Fidel, aún preso en Isla de Pinos, les había encomendado una tarea que cambiaría el rumbo de la lucha: convertir su alegato de autodefensa, "La Historia me Absolverá", en un documento vivo que llegara a manos del pueblo cubano.

Haydée lo resumió después con una crudeza y esperanza desgarradoras: "Y fue terrible esa salida... pero de todas maneras seguimos adelante". Su historia no terminó en la celda, sino que renació en cada página impresa clandestinamente. "Fue vivir otra vez, fue luchar otra vez, fue la acción otra vez", nos recuerda. Porque para ellas, la libertad no era un destino, sino el punto de partida para una nueva batalla. Un ejemplo imperecedero de que la dignidad y la lealtad a una causa son las fuerzas más poderosas que existen.

(Tomado del perfil en Facebook de Roberto Morales Ojeda)

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