
Me cuesta escribir esta crónica como pocas veces en la vida. No por falta de palabras, sino por exceso de sentimientos. Porque el duelo que comienza este domingo en el estadio Victoria de Girón no es solo una semifinal de la 64 Serie Nacional de Béisbol: es una batalla íntima, una guerra civil dentro de mi propia memoria.
Nací en Matanzas, bajo ese sol que parece caer siempre en vertical y que hace del béisbol una religión sin domingos de descanso. Crecí gritando Ruge Leona con la fe de los que no saben todavía que algún día van a traicionar, aunque sea un poco, a sus dioses de infancia.
Vi coronarse a Citricultores cuando el uniforme olía a provincia orgullosa, y luego a aquellos Henequeneros que, en el siglo pasado, parecían capaces de torcerle el brazo a la historia misma. Matanzas era mi patria chica, y su equipo, mi bandera.
La primera vez que vi a Industriales entendí que eran el enemigo natural. Ese azul arrogante, esas letras góticas en el pecho como un escudo medieval, esa manera de ganar que dolía más que perder contra cualquier otro. Como buen provinciano, deseé durante años su derrota con la pasión casi política de quien cree que La Habana lo tiene todo y que el resto del país vive a la sombra de sus luces.
Pero la vida, que es una serie larga y sin calendario fijo, me llevó a la capital. Me convertí en periodista y, como ironía mayor, mi primera misión profesional fue escribir sobre Industriales. Defenderlos, contarlos, explicarlos. Mi primera crónica dedicada a los Leones la escribí pensando en Matanzas, como quien se pone un traje prestado sin mirarse demasiado al espejo.
Luego pasaron los días, pasaron los campeonatos, pasaron los viajes, las entrevistas en pasillos húmedos, las conversaciones con peloteros que no eran ni héroes ni villanos, sino muchachos con ampollas en las manos y familias esperando en casa. Y descubrí algo que no estaba en mis prejuicios: los Leones no eran arrogantes, eran humanos, no eran un mito lejano, eran personas. Y sin darme cuenta, una parte de mi corazón empezó a teñirse de azul.
Un día cualquiera dejé de molestarme con el rugido. Otro día me sorprendí defendiendo una alineación, una estrategia, una derrota injusta. Aprendí, casi sin querer, que en mi pecho había espacio para dos equipos, como si el béisbol me hubiera enseñado que la identidad no es una línea recta, sino un campo con muchas bases.
Mientras tanto, Matanzas seguía siendo Matanzas. La primera corona con ese nombre en los uniformes la cubrí ya convertido en periodista, y la disfruté con una mezcla de orgullo y pudor. También sufrí aquellas derrotas legendarias de los equipos dirigidos por el polémico Víctor Mesa, ese hombre que puso a soñar a toda la Atenas de Cuba y que convirtió cada temporada en una tragedia griega, con héroes, traiciones y finales dolorosos. Matanzas siempre fue así: intensa, dramática, hermosa incluso cuando pierde.
Y ahora vuelven a encontrarse. Industriales y Matanzas, Leones y Cocodrilos. Dos símbolos, dos historias, dos maneras de entender el béisbol cubano frente a frente en una serie al mejor de siete, con un boleto a la final como promesa y como amenaza.
El escenario inicial no podía ser otro: el Victoria de Girón, ese estadio que no es solo un parque de pelotas, sino un templo donde el público respira al mismo ritmo que el lanzador.
Ondearé, quizás con un poco de vergüenza, la bandera azul de las letras góticas. Defenderé a Industriales con mi pluma, ya no como una misión impuesta, sino como una convicción construida con años de oficio, de cercanía, de historias compartidas. Lo haré porque es mi trabajo, pero también porque aprendí a quererlos.
Sin embargo, siempre, siempre, llevaré dentro esa pasión matancera que me inculcaron mis padres. Esa que se me despierta cuando suena un tambor en las gradas, cuando un pelotero de rojo conecta un doble contra la cerca, cuando el estadio entero parece un animal vivo. Esa que quizá se alborote por dentro en algunos momentos de los partidos, aunque yo escriba otra cosa cuando su rival es Industriales.
Esta semifinal no es solo un cruce deportivo. Es mi propia biografía enfrentándose a sí misma, es el muchacho que gritaba Ruge Leona mirando al periodista que hoy escribe para Tribuna de La Habana. Es la provincia y la capital disputándose un pedazo de mi memoria.
Entonces, que gane el mejor. Yo, por mi parte, trataré de no perderme a mí mismo en el intento. Nos vemos en el estadio.
Ver además:
Industriales dicta sentencia en casa ajena y accede a semifinales

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