Desde este lado de la verdad, no podemos dejar de observar la profunda contradicción que vive el imperio del norte. Mientras Estados Unidos se presenta ante el mundo como el paladín de la democracia y la libertad, dentro de sus propias fronteras se despliega un escenario de represión y desgarro social.

Las calles de sus ciudades, supuestos templos del "sueño americano", son con demasiada frecuencia testigos de la brutalidad policial contra su propio pueblo, especialmente contra las comunidades afrodescendientes, los emigrantes y los que alzan la voz para pedir justicia.

Foto: Tomada del Facebook de Roberto Morales Ojeda

Y, sin embargo, con qué descaro y con qué hipocresía monumental, ese mismo gobierno destina miles de millones, no a sanar sus heridas internas, a educar a sus niños, a cuidar a sus ancianos o a detener la violencia con armas que mata a sus ciudadanos cada día, sino a financiar guerras, a imponer sanciones asfixiantes a naciones soberanas y a exportar inestabilidad a los cuatro rincones del planeta.

Su maquinaria bélica no descansa, alimentando conflictos, derrocando gobiernos que no se pliegan a sus intereses y sembrando el caos, pregonan "derechos humanos" mientras ignoran los suyos propios y bombardean países lejanos.

Foto: Tomada del Facebook de Roberto Morales Ojeda

Esta es la esencia de un imperio en decadencia: ciego ante su propia miseria moral, sordo ante el clamor de su gente, pero con una gran vocación para escuchar el llamado de las ganancias de la industria militar y la ambición geopolítica.

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