Una de las características más significativas de Cuba, luego del triunfo de la Revolución, en cuanto a orden y disciplina social, fue sin dudas la tranquilidad ciudadana que en cada barrio, comunidad y zona se respiró desde entonces. Y a pesar de no formar parte de un mundo desarrollado ni con vastos recursos económicos y financieros, ese ha sido un logro incuestionable del país.
Pero también, desde la victoria de 1959, Washington acrecentó la hostilidad, el asedio y las agresiones con diversas estrategias contra la Isla, en busca de desestabilización para destruir la Revolución, y con el fin de retrotraer el pasado de garitos, prostitución y drogadicción de la era “republicana” que tuvo el beneplácito de Norteamérica.
No obstante, la resistencia y defensa de la soberanía por parte del pueblo cubano se impuso desde entonces a la ignominia de un gobierno extranjero empeñado en echar por tierra un proceso emancipador que dio al trasto con una de las dictaduras más sangrientas e infames de Latinoamérica, la de Fulgencio Batista.
Luego de décadas de cruel e injusto bloqueo económico, comercial y financiero a la Mayor de las Antillas, la Casa Blanca, de manera oportunista y genocida, a partir de la pandemia global de Covid 19 intensificó con saña el cerco con mayor carácter extraterritorial llevándolo a extremos incivilizados e inhumanos, con un asedio energético sin precedentes en la historia.
Estas condiciones que en cualquier nación son insostenibles, se resisten en Cuba donde millones de ciudadanos sufren las consecuencias del abominable crimen impuesto por la administración actual de EE. UU que preside Donald Trump y un aborrecible cubano-americano que, de la estirpe patriótica de la nación caribeña, nada conoce, el señor Marco Rubio.
En este contexto tan complejo y abusivo contra la Isla se han suscitado hechos vandálicos, buena parte de ellos engendrados por elementos inescrupulosos y contrarrevolucionarios, algunos de los cuales, desde el confort de sus hogares, y alejados de la realidad de la Mayor de las Antillas, potencian e incitan a desórdenes y a la realización de delitos.
Personajes carentes de decoro, moral y profundamente antihumanos se aprovechan de las difíciles condiciones que provoca el infame acoso imperial, (con extensos apagones y carencias de todo tipo en alimentos, medicinas, transportes, etc., servicios vitales para cualquier país, y a los que la barbarie de la Casa Blanca aposta para destruir las conquistas y el proceso emancipador erigido por el pueblo), para fomentar campañas mediáticas de desinformación y tratar de dañar la paz y voluntad creativa en busca de soluciones, impregnado en los cubanos.
Asimismo se viven días espinosos en los que los oportunistas de todos los tiempos avivan las indisciplinas sociales, y a lo cual se suma la escasez de recursos, con énfasis en la carencia de combustibles para resarcir problemas esenciales de la cotidianidad, como sustentar la higiene en las localidades y erradicar microvertederos. Entre los hechos más recurrentes de corte delictivo por parte de elementos inescrupulosos o mal intencionados se ubican; destrucción de contenedores de recepción de desechos sólidos, desarticulación de estructuras de los parques, áreas verdes e infantiles, robo de bancos, luminarias, y de otros enseres concebidos para el bienestar social de la comunidad.
Igualmente es condenable y debe ser sancionado con el peso de la ley, aquellas personas que no muestran interés por estudiar ni trabajar y por el contrario se dedican a vivir del sudor ajeno, cometiendo actos delictivos, como son el hurto en viviendas, de autos, motos y otros patrimonios de ciudadanos decentes y de buena voluntad que construyen, y no destruyen, como proponen los sicarios enemigos de este pueblo, inmersos en odios, y frustraciones.
Ante sucesos similares y cuales constituyen delito en cualquier parte del mundo, al dañar la paz y tranquilidad ciudadana deben tomarse medidas más agiles y efectivas. Las autoridades de orden interior en conjunto con factores de los Consejos Populares, organizaciones de masas y políticas de los municipios deben contribuir a poner freno a los vándalos y criminales que comienzan a exacerbarse con demencial desatino en algunos lugares del territorio.
Nuestros niños tienen, como hasta ahora, que seguir jugando en las áreas y parques y emplear su tiempo libre en actividades sanas e instructivas. Hay que cerrar el paso a los que aglutinan malhechores y delincuentes para sus ilegales, y crueles acciones, no puede existir ni un mínimo de impunidad ante la drogadicción que tanto afecta a los seres humanos en otros países del mundo y la cual intentan también, introducir en la Isla que no ceja en su empeño de combatirlo con la mayor fuerza y penalización posible.
La población tiene que seguir sintiendo la protección que precisa para su desempeño cotidiano, y sin excesos, ni arbitrariedades, combatir los delitos.
Los compatriotas en cada localidad agradecen el orden, la disciplina y la relación armónica entre vecinos, y rechazan a los que intentan vivir del invento y el sudor ajeno.
A pesar del vil bloqueo hay que salvaguardar los valores humanos, la solidaridad y el respeto por los demás que conforman el núcleo de nuestros barrios y pueblo.
Como ayer, los cubanos también vencerán los flagelos que enemigos de la Patria tratan de introducir en esta nación de hombres libres, con amplia consciencia política, cultura, y dignidad.
En el contexto de la Isla, generalmente, no es casual la reproducción de actitudes negativas, algunas muy graves son promovidas desde el exterior a través de redes sociales y financiamientos potenciados en el sur de la Florida, orientados a distorsionar la realidad y afectar la convivencia social. Es un modus operandi que tiene responsables y actores, y ello no puede tener cabida en Cuba, deben ser erradicadas, y no podrán asumirse jamás, como acciones comunes, sino como delitos de lesa humanidad.