El 11 de septiembre de 1942 nació en La Habana un hombre que dedicaría su vida a descifrarla. Eusebio Leal Spengler llegó al mundo en una ciudad que, con los años, dejaría de ser únicamente su lugar de nacimiento para convertirse en objeto de estudio, pasión y entrega.
Quizás entonces nadie podía imaginar que aquel niño llegaría a caminar sus calles como historiador, a detenerse ante sus edificios para descubrir en ellos las huellas del tiempo y a convertir la preservación de su patrimonio en una de las grandes obras de su vida.
Desde muy joven se interesó por la Historia. Su primer encuentro con los libros fue, según él mismo contó, “un descubrimiento arqueológico”. A partir de entonces, comenzó una relación con el pasado que no se limitó a los documentos ni a las aulas. Leal aprendió a leer también los muros, las plazas, los balcones y las piedras de una ciudad que parecía contener, en cada esquina, una historia por contar.
En ese camino resultó decisiva la presencia de Emilio Roig de Leuchsenring, primer historiador de la ciudad, quien acogió y orientó al joven interesado por la historia. De aquel maestro heredó buena parte de su amor por La Habana y una manera de comprender la responsabilidad del historiador ante la memoria colectiva.

Leal vivió y creó abrazado a la dicha de aquel maestro y guía, de quien bebió la savia que alimentaría una obra inseparable de la ciudad.
La Habana fue su musa, su inspiración y su gran amor. La conoció en sus esplendores y decadencias, en sus espacios recuperados y en aquellos que reclamaban una nueva oportunidad. Y decidió caminarla, estudiarla y defenderla.
El historiador por vocación empírica tuvo, además, un don singular para contar la historia desde la oralidad viva. Su erudición no lo alejaba de la gente. Por el contrario, convirtió sus conocimientos en relatos capaces de hacer que generaciones enteras miraran de otra manera aquello que tenían delante.
En 1981 recibió la responsabilidad de conducir las obras de rehabilitación del Centro Histórico de La Habana. Un año después, la UNESCO declararía a la ciudad vieja Patrimonio de la Humanidad. Desde entonces, la restauración adquirió bajo su conducción una dimensión que trascendía la recuperación de inmuebles. Se trataba de devolverle vida a una ciudad histórica y preservar para el futuro los valores construidos durante siglos.
Como director del Museo de la Ciudad y de la Oficina del Historiador, asumió importantes labores de renovación y reconstrucción. Entre ellas estuvo la recuperación del Palacio de los Capitanes Generales, antigua Casa de Gobierno y actual sede del museo.
Pero la magnitud de su legado no cabe solamente en los edificios restaurados.
Está también en los jóvenes a quienes transmitió conocimientos y pasión, en los investigadores y trabajadores que continuaron su obra, en quienes aprendieron a comprender el patrimonio como una responsabilidad colectiva y en una ciudad que incorporó su figura a su propia memoria.
Hoy, al conmemorarse el aniversario de su natalicio, resulta difícil separar a Eusebio Leal de La Habana. Nació en ella y terminó dejando parte de sí en sus calles.
Quizás estaría celebrando sus 83 años junto a colegas y discípulos, pensando en la restauración de una obra del Centro Histórico. Tal vez volvería a recorrer La Habana con los jóvenes del Museo de la Ciudad y de la Oficina del Historiador, deteniéndose ante algún edificio para revelarles una historia escondida en sus paredes.
Murió el viernes 31 de julio de 2020, pero hay hombres cuya obra hace insuficiente la palabra muerte. José Martí escribió: “La muerte no es verdad si se ha cumplido bien la obra de la vida”.
Y en el caso de Eusebio Leal, la ciudad parece ofrecer una confirmación permanente de esa idea.

A la entrada del emblemático Palacio de los Capitanes Generales permanece su escultura de bronce, en tamaño natural, como si el historiador estuviera a punto de comenzar otra de sus caminatas.
Los adoquines de La Habana Vieja ya no escuchan sus pasos pausados. Pero conservan la memoria de aquel hombre que los recorrió durante décadas, con la curiosidad de quien siempre encontraba algo nuevo que descubrir.
El legado del doctor en Ciencias Históricas y maestro en Ciencias Arqueológicas es tal que, como escribió Fina García Marruz, cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras.