El pasado domingo 26 de julio se vivió en México, como en gran parte del mundo, una amplia jornada de solidaridad con Cuba, en el marco del 73 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, hechos que significaron el inicio de la Revolución Cubana que finalmente triunfó el 1 de enero de 1959, marcando una nueva etapa en la historia contemporáneo de nuestra América. Esta jornada, desarrollada como parte del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba, tuvo presencia en las principales ciudades del país, de península a península, destacándose la multitudinaria marcha efectuada en la Ciudad de México con la participación de organizaciones sociales, partidos políticos y una diversidad de fuerzas y posturas de izquierda, desde el reformismo hasta el comunismo, dejando en claro que cuando una causa común se materializa la izquierda alcanza mayor fuerza. En ese marco, debe observarse algunas cuestiones necesarias de considerar:
Primero, la solidaridad con Cuba y la Revolución es una causa compartida por el amplio espectro que compone a la izquierda mexicana y global, sin importar los matices del debate ideológico, la izquierda ha sabido apoyar y defender a la Revolución Cubana que, como se sabe, afronta desde hace 65 años un bloqueo genocida que es recrudecido año con año, y que particularmente ahora, durante la segunda administración de Donald Trump, se ha multiplicado con nuevas las medidas coercitivas contra la Isla de la Dignidad. El bloqueo es un arma de guerra usado por el imperialismo estadounidense en diferentes partes del mundo, pues así como sobre Cuba pesa el mayor bloqueo de la historia humana, también esta arma se ha implementado contra Venezuela en tiempos recientes con el objetivo de debilitar los avances del proceso bolivariano, el cual, ahora, enfrenta claras contradicciones desde el poder una vez secuestrado el presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, con un gobierno provisional que ya abrió las puestas al sionismo y al imperialismo para que saqueen la riqueza del petróleo y se infiltren en la sociedad venezolana. Y esta es una gran enseñanza, pues como Ernesto Che Guevara afirmó: “No se puede confiar en el Imperialismo pero, ni tantico así”.
Segundo, el informe recientemente publicado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, titulado “Cuba la capital del comunismo del siglo XXI”, representa una hoja de ruta de las agresiones que ya vivimos en México y que acontecen en otras partes del mundo, y aunque es verdad que el documento en sí no es más que un panfleto, no puede subestimarse el impacto que puede llegar a tener en sectores sociales apegados a la derecha y extrema derecha, sobre todo entre las juventudes desilusionadas de los procesos progresistas latinoamericanos que por sus propias contradicciones y los ataques del imperialismo hoy se encuentran a la baja. Por ejemplo, el mismo domingo 26 de julio, en la Delegación Cuautéhmoc, en Ciudad de México, agentes policiacos reprimieron con violencia e ilegalidad a integrantes del Frente de la Juventud Comunista, acción efectuada bajo las órdenes de la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, quien ha manifestado abiertamente su anticomunismo y su adhesión a la derecha internacional, y aunque por ahora pueda parecer que la fuerza de los grupos de extrema derecha -y algunos con corte claramente neofascista-, sea poco o incipiente, el más grave error en la disputa política es justamente el considerar a un adversario como débil. No se olvide que las coyunturas revolucionarias o reaccionarias suelen despertar con mayor rapidez la conciencia de clase o propiciar un viraje subjetivo hacia la oscuridad reaccionaria.
Tercero, el informe imperialista en cuestión es una nueva arma de la guerra cultural, en él se acusa a Cuba de ser “terrorista” y se le responsabiliza de todas las acciones antiimperialista que suceden en el mundo, pero ojo, una de las primeras trampas discursivas del documento es no reconocer que se trata de luchas y resistencias contra el imperialismo estadounidense debido al daño económico, social y cultural que causa en las naciones que agrede, sino que la narrativa que el informe presenta es la de un “antiamericanismo”, y ese calificativo no es menor. Es claro que hablar de “antiamericanismo” es una estrategia subjetiva que busca impactar en la población estadounidense para despertar el sentimiento nacionalista; es decir, ahora que Donald Trump vive uno de sus peores momentos en cuanto a la aceptación de su figura y su gobierno en los Estados Unidos y el mundo, el imperialismo regresa al discurso de hacerse a la víctima y cínicamente habla de una campaña en su contra, algo que justamente acaba de hacer, por ejemplo, Javier Milei al acusar a los gobiernos de México y Brasil de desatar una campaña “antiargentina”, siendo Milei un subordinado de Trump y Benjamin Netanyahu, y uno de los presidentes más despreciados de nuestra América por sus políticas antiobreras y antipopulares. En este sentido, uno de los deberes de la solidaridad internacional es revelar las falacias divulgadas sobre Cuba y dejar muy en claro que CUBA NO ES UNA AMENAZA.
Cuarto, la batalla cultural no es nueva, en realidad el término tiene su origen en la obra del comunista italiano Antonio Gramsci, quien al reflexionar en sus famosos “Cuadernos de la Cárcel” (1929-1935) sobre la hegemonía en el capitalismo, llamó la atención de los intelectuales y sectores culturales sobre la superestructura, siendo ahí donde los procesos subjetivos tienen lugar. Años después, Fidel Castro, en su memorable discurso “Palabras a los intelectuales” (1961), hizo un llamado a sumarse a la Revolución como parte de la batalla de ideas, donde el nuevo mundo, uno justo y libre de opresión, debiera ser ideado con el ejercicio comprometido de la conciencia y el conocimiento, de la mano con las expresiones estéticas y artísticas. Hoy, sabemos que la cultura ha sido siempre un campo de batalla, la propaganda imperialista ha usado el cine, la literatura, la televisión y ahora las redes sociales para difundir su ideología y crear narrativas falsas pero que, muchas veces, penetran en la subjetividad de las masas al ser repetidas una y otra vez por todos los medios, y ahí es donde la solidaridad con Cuba tiene una gran tarea, pues nos toca multiplicar los espacios dedicados a la batalla de ideas y a desmontar cada una de las mentiras divulgadas por el imperialismo, pero no podemos quedarnos en la resistencia, debemos retomar el control y propiciar la concientización antiimperialista y de clase como principios básicos para el internacionalismo bajo la luz de ejemplos como el de Fidel, de quien ahora estamos celebrando el primer Centenario de su nacimiento.
Quinto, la solidaridad con la Revolución Cubana es por naturaleza antiimperialista, pensarla de otra forma es deformarla y reducirla a un oportunismo vulgar, los principios de la Revolución están en el pensamiento de José Martí, quien, sobre todas las cosas, fue un intelectual y político antiimperialista. En su vasta obra, su ideario se delinea claramente como una resistencia continua frente al avance inhumano del imperialismo estadounidense, y para ello debe leer su ensayo “Nuestra América” (1891), donde Martí advierte el peligro que significa el avance y la acumulación de poder por parte de los Estados Unidos en detrimento de la independencia de los países del mundo y del bienestar de la humanidad. Además, Martí nos enseñó que si queremos defender la soberanía y la autodeterminación de nuestras naciones debemos siempre ser auténticos antiimperialistas en todo momento.