
Aquella jornada la brisa expandía sobre esa parte céntrica de la ciudad, frente al Capitolio, el polvo que aún flotaba de la tragedia. El silencio de los equipos de radio de los bomberos de La Habana multiplicaba la angustia de los dos únicos hombres autorizados para mantener la comunicación durante el izaje del camión cisterna siniestrado y con suficiente gas como para generar un estallido con efecto dominó desde el lugar donde permanecía atrapado entre escombros del hotel Saratoga y bajo el amenazante péndulo de hormigón sostenido por las cabillas de una de las estructuras superiores del edificio.
Miguel Enrique Céspedes Coterón, Pucho, actuaba con la sangre fría requerida en aquellos momentos de urgencia. Arriba, en la cabina el gruero, observaba la imagen dantesca del cilindro repleto de gas licuado que le estremeció, justo cuando la grúa osciló y levantó unos centímetros sobre el asfalto las pesadas ruedas en la parte delantera de sus puntos de apoyo.
Entonces el operario escuchó la palabrota que desató su adrenalina y expulsó el miedo de su cuerpo. Sucedió: ¡Dale parriba c... Y no te pares!, ordenó Pucho y el brazo metálico de la grúa, desprendió el camión cisterna. Luego resopló -aferrada a sus ruedas en tierra firme- y logró la envión necesaria; mientras, debajo del vehículo extraído, podía verse la escarcha del gas líquido sobre los enormes fragmentos de hormigón.
La voz de Pucho ahora parecía ahogada por la emoción. Aquellos minutos fueron determinantes para continuar el proceso de salvamento y búsqueda de los trabajadores que perdieron la vida en aquel terrible accidente. El abrazo –donde me envolvió- fue suficiente para describir aquel acto de trascendencia y valor. Convirtió en familiar mi relación con este héroe gigante que pude conocer y sentir orgullo cuando recibió la medalla de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.
Por vez primera el pulóver blanco con la firma de Fidel quedó en cubierto por una camisa azul sobre la cual Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, colocó la medalla, en una fila donde también encontré a otro de mis héroes cotidianos: Antonio Gómez, el Loquillo, por vez primera sin la cámara que forma parte de su cuerpo.
Allí, con la emoción contenida, esperaba también el abrazo. Miles de anécdotas nos podría contar; pero las guarda en la sencillez que le caracteriza. Podemos ofrecer testimonio los que conocemos de su valor y entrega. Un poco más allá, el incansable Orestes Eugellés Mena, de la Central de Trabajadores de Cuba, me hace perder la cuenta de los conocidos para esta crónica. ¡Tanto le debemos los periodistas! Y luego, otro amigo, casi hermano, el colega Reinaldo Hernández de la Victoria, recibía la extraordinaria condición de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.
Este Primero de Mayo deja una estela de emociones compartidas. Allí, entre los miles que desfilaron también se encontraban otros héroes que hacen posible defender la soberanía y la independencia de Cuba. Mis héroes de todos los días.

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