Recuerdo su mirada inquisitiva cuando apenas sus manos de un año sintieron la textura de los pétalos de una rosa y sonrió asombrado, luego intentó atraparla y la destruyó. Entonces avanzó hacia el tallo, seguro...y le vi estremecerse cuando una gota púrpura asomó entre la espina clavada en sus dedos.
Buscó refugio en mis ojos y vi el rictus de dolor en sus labios apretados. No lloró. Fue entonces que le dije: "Es fácil romper una rosa, pero nunca olvides que la defienden sus espinas".
Creció. Las interrogantes también. Temí que el ejemplo se desvaneciera, cuando le evitaba observar las diferencias. Cruzamos tempestades en las cuales dejé de ser el piloto, sin poder evitar la incertidumbre de un "naufragio" que lo alejara definitivamente del camino que defiendo.
Comparé mi estoicidad frente a las incomprensiones y las incompetencias de quienes aspiran a ocupar un lugar que no les corresponde, mientras "aplastan", incluso las sombras.
Hace unos días me habló de un proyecto de amor para el cual tomaría una parte de lo ganado para llevar un momento de felicidad a los niños pacientes de una sala de hospital.
"No te pido constancia gráfica, solo que estés allí, conmigo"
En sus ojos vi la luz de aquella mañana cuando sintió, por vez primera, la textura de los pétalos de una rosa y -esta vez- he sido esa plenitud "que quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad".

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