Cada 8 de octubre, la figura del Che se agranda en la memoria de los pueblos y en especial en Cuba. Su vida, entregada por entero a la causa de los desposeídos, sigue siendo un faro que ilumina las luchas por la justicia en cualquier rincón del planeta. No se trata solo del guerrillero heroico, sino del hombre que entendió el deber como una exigencia ética irreductible, del internacionalista que cruzó fronteras para combatir la opresión dondequiera que esta levantara su rostro. Sus ideas sobre la dignidad humana, la solidaridad y la emancipación conservan una vigencia asombrosa, porque las injusticias que combatió no han desaparecido; se han transformado, pero siguen ahí, acechando a los humildes. Hoy más que nunca, el ejemplo del Che interpela a quienes sueñan con un mundo más justo.
Su sentido del deber no era una abstracción: era la decisión cotidiana de estar al lado del débil. Ese internacionalismo militante, que lo llevó a Cuba, al Congo y Bolivia, nos recuerda que ninguna lucha es ajena, que la opresión en cualquier parte es una afrenta para todos. En tiempos de cinismo y fragmentación, de resurgimiento del fascismo, su figura nos convoca a la coherencia entre el pensamiento y la acción, y la certeza de que otro mundo no solo es posible, sino necesario. El Che vive en cada gesto de rebeldía, en cada puño alzado, en cada corazón que se niega a aceptar la injusticia como destino.
(Tomado del perfil en Facebook de Roberto Morales Ojeda)