Detrás de las cifras del bloqueo, hay una realidad que duele en el alma: la salud y la vida de nuestros niños están siendo gravemente afectadas. En el último año, la mortalidad infantil en Cuba ha aumentado un 148%, pasando de 4 a 9.9 por cada mil nacidos vivos.
No es un número, son bebés, son futuros, son familias que sufren una pérdida evitable. El cerco energético ha sumido a nuestros hospitales en una «asfixia» que pone en riesgo a los más vulnerables, desde los recién nacidos en neonatología hasta los niños que luchan contra el cáncer.
Imaginen la desesperación de un médico operando con la luz de un celular tras un apagón, o la angustia de una madre que sabe que el tratamiento de su hijo, que depende de equipos de alto consumo eléctrico, puede interrumpirse en cualquier momento. La falta de combustible no solo apaga las luces, también detiene ambulancias, interrumpe tratamientos de diálisis y deja a más de 30,000 niños sin vacunas a tiempo.
Esta no es una política contra un gobierno; es un castigo que se ensaña con los inocentes, buscando deliberadamente generar hambre, desesperación y dolor, tal como confesaron los propios arquitectos de esta política.
La comunidad internacional, incluso la Organización Mundial de la Salud, ha alzado la voz ante este verdadero genocidio. Pero las palabras no bastan; se necesitan acciones. Condenar el bloqueo es un acto de humanidad. Es exigir que cesen estas medidas terribles que, por décadas, han cercenado el derecho de los cubanos a una vida digna. Sumemos nuestras voces para detener este sufrimiento. Cada niño cubano merece crecer sano y con esperanza, no bajo la sombra de un bloqueo que le arrebata su futuro.
(Tomado del Facebook de Roberto Morales Ojeda)