Si todo está establecido y existen equipos de trabajo encargados de hacer cumplir lo dispuesto, ¿por qué la mayoría de las veces, por no decir siempre, es el rumor popular el que llama a poner orden?
Sobran los ejemplos: la calidad y el tamaño del pan, la diversidad de precios de uno o varios productos de primera necesidad, la compra callejera de divisas y la no aceptación de las pasarelas de pago.
Precisamente por estos días se han hecho virales las informaciones sobre los elevados precios de productos como el aceite, el pollo, la leche y los huevos. Aunque desde hacía algo más de dos meses sus precios venían en ascenso, el estallido lo provocó el clamor popular, que sacó del letargo al cuerpo de inspectores. Estos salieron a las calles para enfrentar las irregularidades y hacer cumplir lo establecido.
Hay negociantes, dueños de quioscos, que alegan que al adquirir mercancías en las mipymes estas solo aceptan efectivo. Cuando acuden al banco para extraer dinero, aseguran que reciben un tratamiento similar al de la población: solo pueden retirar la cantidad establecida para ese día y no la necesaria para realizar sus compras. Por ello, sostienen que no pueden aceptar pagos mediante transferencia sin establecer límites.
Por supuesto, a río revuelto, ganancia de pescadores. Algunos daban números de teléfonos particulares para realizar las operaciones; otros exigían determinada cantidad de dinero por la transacción, recursos que terminaban directamente en sus bolsillos, en abierta violación de lo establecido. También están los quioscos que, ante la escasez de determinados productos, aprovechaban la situación para venderlos a precios excesivos.
No es intención de esta comentarista hacer un listado de municipios con mejor trabajo, establecimientos cerrados, multas y demás resultados de las inspecciones. La cuestión es otra, y una pregunta flota en el aire:
¿Por qué esperar a que la población se exacerbe para actuar?