La noche cayó sobre el Estadio Olímpico Félix Sánchez como un manto de fiesta, pero no fue oscuridad lo que dominó el aire, sino una luz que pareció brotar desde la propia piel de Santo Domingo, una ciudad convertida en escenario, en tambor, en bandera y en abrazo para recibir la ceremonia inaugural de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe.