No redacté cuestionario. Estaba —y estoy— segura de dominar el ciclo completo de la producción agrícola que, en los años noventa, lideraba el Ministerio de la Agricultura. Esperaba el encuentro.
Los caminos no eran paralelos.
—El hombre está cerca, seguro llega. Él, siempre que anda por acá, lo hace —comentó la directora del Centro de Investigaciones Hortícolas Liliana Dimitrova, de Quivicán, entonces perteneciente a la provincia La Habana.
El reportaje para el NTV quedaría inconcluso.
Pregunté:
—¿Cuántas entradas y salidas hay aquí?
—Solo una —fue la respuesta.
—¿Qué hacemos? —preguntó el técnico de sonido.
Respondí:
—Monten la cámara en el trípode, ajusten el blanco, graben las barras, prueben el sonido. Que nadie converse ni fume. Por favor, no quiero primer plano; que se sepa dónde estamos y quiénes están. Todos atentos.
El camarógrafo insistió:
—¿Y cuando llegue qué hago?
—Saludarlo…
Llegó Fidel y, al instante, un grupo se concentró a su alrededor. Entonces me dijo:
—¿Tú no me vas a saludar?
En mi mente había ensayado muchas palabras, pero al escucharlo comprendí que no había dicho ninguna. La mano que sostenía el micrófono temblaba y él me la tomó. Comencé a hablar y nunca supe cuándo la soltó.
Se estableció un diálogo ameno. Su presencia transmitía confianza y seguridad. En un momento, la entrevistada era yo. Me preguntó si había estado en diferentes campos sembrados de plátano fruta con sistema de riego por microjet y quería conocer mi opinión. También quiso saber si el carro gastaba mucho combustible.
A partir de ese día tuve un carro y un chofer fijos. Los campesinos me decían: «Si lo ves, dile…», y así comenzó una cadena de mensajes.
Meses después, en un escenario muy diferente y ante la posibilidad de que una tormenta echara por tierra la cosecha de papas, surgió un intercambio serio. Fidel no estaba de acuerdo con un documental realizado por Daniel Diez y por mí.
No acepté su interpretación del material y la conversación, como decimos en cubano, se tornó difícil.
Hizo un examen pormenorizado de la agricultura ante cientos de trabajadores agrícolas. Todo fue muy tenso, pero me sobrepuse. Cuando el ambiente se calmó, me atreví a pedirle una entrevista. Tenía que demostrar que estaba en lo cierto.
Cuando llegué al NTV me informaron:
—Llamó. Se disculpó. Había tenido un mal día.
Nos encontramos en otras ocasiones. A veces me decía una frase cuyo significado solo yo conozco. Sonreía y yo pensaba: «Qué memoria tiene este hombre, tan ocupado como está».
Este agosto cumpliría cien años.
Nunca le comenté que su mamá iba a mi pueblo, Cueto, cerca de Birán, a vender cocos, mandarinas y naranjas. Que manejaba su jeep Willys. Que el día en que falleció el pueblo quedó en silencio.
Nunca le dije que mi abuela Isabel era amiga de Dominga, su abuela materna. Ni que mi mamá, cuando era niña, estuvo sentada en la sala de su casa. Tampoco que, cuando en mi pueblo se hablaba de ellos, se decía simplemente «Birán Castro», como se les conocía.
No le dije que, cuando triunfó la Revolución, mi padre me dijo: «Estudia, llegó un gobierno para los pobres». Y no se equivocó.
Guardo como un tesoro una frase que un día me dijo:
—Tú no eres una oveja.