Cuando me gradué en 1984 y supe que comenzaría a trabajar en Tribuna de La Habana, no fue precisamente la noticia que esperaba. Deseaba ir a Juventud Rebelde, a un órgano nacional, y durante un tiempo pensé que aquel destino era casi un castigo. No podía imaginar entonces que la redacción a la que llegaba con cierta resistencia terminaría convirtiéndose en uno de los lugares más importantes de mi vida.
Desde que llegué me sentí bienvenida. Encontré el apoyo de muchísimos compañeros y empecé a descubrir que una cosa eran las lecciones aprendidas en la academia y otra, muy distinta, las que comenzaban en la vida profesional.
Las mejores las aprendí en el día a día, trabajando con las personas. Porque es ahí, en ese contacto cotidiano, donde aparecen las historias que realmente vale la pena contar.
Quizás por eso Tribuna terminó siendo para mí mucho más que un lugar de trabajo. Ha sido el espacio al que he entregado mis mejores energías durante muchos años. Tantos, que incluso después de jubilarme volví a contratarme. Y aquí sigo.
A veces pienso que cuando uno permanece durante tanto tiempo en un mismo lugar no es simplemente por costumbre. Uno se queda porque encuentra algo que lo hace volver, porque se siente acompañado y porque todavía encuentra motivos para trabajar.
Eso ha sido Tribuna para mí. Un lugar al que, de una manera u otra, siempre he querido volver.