La ceremonia oficial de izamiento de banderas marcó este jueves el inicio simbólico de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026, en la Villa Centroamericana, donde quedaron representadas las 37 naciones que desde mañana animarán el certamen del centenario.
En ese espacio que desde hoy respira acentos diversos y sueños compartidos, las enseñas comenzaron a elevarse con una cadencia casi ritual, cada una reclamando su lugar en la memoria de un evento que cumple cien años de historia. Más que un acto protocolar, fue la confirmación de que el deporte vuelve a reunir a la región bajo un mismo cielo.
Y entonces, entre todas, la bandera cubana encontró su altura.

Se desplegó con una serenidad firme, dejando que el azul, el blanco y el rojo hablaran sin palabras. En su movimiento había algo más que tela: una historia entera tensándose en el viento.
Los atletas la contemplaron como quien reconoce un hogar a la distancia. En ese instante, breve pero intenso, parecieron concentrarse los sacrificios invisibles: las horas interminables de entrenamiento, las carencias vencidas y la voluntad de seguir adelante cuando el camino parecía hacerse más difícil.
Algunos guardaron silencio; otros no pudieron impedir que la emoción les asomara a los ojos. Todos comprendieron que, desde ese momento, competir también significaría sostener aquel símbolo en cada esfuerzo, en cada intento y en cada victoria.
Cuba llegó a Santo Domingo con una delegación de más de 500 deportistas, superior a la de la edición anterior, y con la aspiración de ubicarse entre los tres primeros países del medallero. Lo hace en medio de un escenario particularmente exigente, donde cada resultado ha demandado un esfuerzo mayor, pero sin renunciar a una tradición que ha convertido el deporte en una expresión de identidad, orgullo y dignidad.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe, el evento multideportivo regional más antiguo del mundo, reúnen en esta ocasión a más de seis mil 200 atletas. Detrás de esa cifra conviven miles de historias: generaciones que toman el relevo, países que se encuentran en la competencia y jóvenes que persiguen el sueño de dejar una huella en el centenario de la justa.

Mientras los pabellones terminaban de acomodarse sobre la Villa Centroamericana, el ambiente oscilaba entre la solemnidad y la fiesta. Era ese instante irrepetible que antecede a toda gran competencia, cuando aún nadie ha ganado ni ha perdido y el futuro permanece intacto.
Mañana el Estadio Olímpico Félix Sánchez abrirá sus puertas para la ceremonia inaugural, un espectáculo concebido para entrelazar historia, cultura y tecnología en homenaje al centenario. Pero, en cierto modo, los Juegos ya comenzaron.
Empezaron cuando las banderas buscaron el cielo de Santo Domingo y cada delegación reconoció en la suya una razón para competir. Entre ellas, la cubana volvió a ondear con la promesa de escribir una nueva página en una historia que, cien años después, todavía sigue encontrando nuevas formas de elevarse.