Cuando el periódico se hacía con plomo

Una mirada a los años en que hacer Tribuna implicaba linotipos, plomo fundido, tinta y largas jornadas en el taller, a través del recuerdo de Óscar Álvarez, quien llegó al periódico con apenas 17 años

Mi inicio en Tribuna fue en 1987, con apenas 17 años, como ayudante de linotipos, en el área del taller. De esa etapa, lo más significativo fue encontrarme cara a cara con esos «monstruos de acero» que eran los linotipos, «bestias» capaces de derretir una barra de plomo y convertirla en pequeños lingotes llenos de letras.

Recuerdo el olor de la tinta de la imprenta, entrar al mediodía y muchas veces no salir hasta pasada la medianoche, sobre todo si faltaba el otro ayudante.

Eran tiempos en los que literalmente corría por los pasillos del taller y, en una maniobra digna de un acto de circo, agarraba la barra de plomo con una mano mientras me deslizaba por el piso de granito pulido antes de colocarla en el crisol del linotipo. Cosas de la juventud. Tiempos en los que unía a la seriedad del trabajo la irreverencia típica de la edad.

Recuerdo también el café caliente durante el horario de la noche y, sobre todo, la seriedad del resto del colectivo de trabajo en el taller. Allí cada palabra era revisada concienzudamente una y otra vez, letra a letra. Y, a pesar de ello, estaban las bromas, los momentos de espera por una información o los cambios inesperados ante alguna noticia de último momento. Todo eso siempre me ha demostrado que en verdad somos un periódico y la importancia de nuestro trabajo.

Como curiosidad, muchos de nosotros éramos recibidos con extrañeza cuando íbamos a la redacción el día del cobro o para alguna reunión, como diciendo: «¿Y estos, de dónde salieron?». Los horarios eran diferentes. La redacción estaba en el tercer piso, mientras nosotros estábamos en el quinto y generalmente trabajábamos en la tarde-noche.

Fueron tiempos de salir casi siempre después de la medianoche. En los días que terminábamos temprano, a veces un grupo de los del taller nos íbamos para el Coppelia, para el cine o para el Malecón a «desafinar» un poco.

En fin, era un trabajo muy artesanal, pero también muy reconfortante y hermoso. Después de que nos íbamos, el periódico seguía un proceso hasta terminar en las impresoras. Poco a poco fui conociendo cada una de esas etapas y entendiendo que detrás de cada ejemplar había todo un trabajo que continuaba mucho después de que terminaba nuestra jornada.

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