La solidaridad no es un gesto menor ni un simple adorno discursivo. Hoy, cuando el bloqueo se recrudece, el cerco energético ahoga los hogares y se busca asfixiar a todo un pueblo, la mano tendida desde el exterior se vuelve tan vital como el oxígeno. Se trata de justicia histórica y de coherencia con los principios que han guiado la revolución cubana. Como expresara Fidel en 1971: “nosotros sabemos apreciar y tenemos muchas razones para comprender el valor de la solidaridad, puesto que como revolucionarios nos vimos enfrentados a una tarea ardua y difícil, que fue la de llevar a cabo nuestra Revolución en las puertas mismas del imperio yanki”. Esa geografía hostil no ha cambiado.
La urgencia es ahora, no mañana. La solidaridad internacional debe ser compromiso activo frente a una política de hostilidad que no cesa. En estos tiempos de incertidumbre global, Cuba sigue siendo ese faro de resistencia que nos recuerda que otro mundo es posible. Apoyar a Cuba es defender el derecho de un pueblo a decidir su futuro.