Cuando, a propuesta de Fidel, se fundó la FMC y Vilma Espín asumió su presidencia, un aplauso recorrió el país. Sin embargo, pocas podían imaginar entonces la magnitud de los cambios que vendrían.
Quitarse el delantal, asistir a reuniones, incorporarse al trabajo, participar en labores voluntarias, estudiar y, en definitiva, tener voz y voto en el futuro de la sociedad no fue algo que ocurriera de un día para otro.
Recuerdo los comentarios que suscitó la posibilidad de que las jóvenes pudieran obtener becas lejos de sus lugares de origen. Apenas cinco años después de la creación de la FMC, en el preuniversitario donde estudié éramos solo cinco muchachas frente a 45 varones por grupo. No todos los padres comprendían que sus hijas pudieran marcharse lejos de casa para estudiar. Después vendrían cursos de todo tipo y mayores oportunidades de formación para las mujeres.
Y, por supuesto, en la medida en que la Revolución impulsaba nuevas leyes, metas y programas, allí estaban las mujeres organizadas, participando y apoyando. En las campañas de vacunación contra enfermedades entonces frecuentes, como la rubéola, el sarampión, la viruela y la poliomielitis, estuvieron presentes como profesionales de la salud o desde otras responsabilidades.
Hoy las mujeres constituyen una parte mayoritaria del Parlamento y tienen una presencia significativa en importantes sectores de la economía y la sociedad cubanas. Quedan desafíos, entre ellos la eliminación de la violencia contra las niñas y las mujeres, pero también es necesario reconocer el camino recorrido.
Nadie puede mirar estos 66 años de historia sin reconocer y aplaudir la participación y los aportes de las mujeres cubanas.