Eran los años setenta. Había terminado mis estudios en el Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla. Afortunadamente seguí el consejo de la querida directora del centro y me matriculé en la Escuela de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Habana, junto a un grupo de compañeros del mismo instituto interesados en convertirnos en físicos nucleares. Algunos respondían a una especie de convocatoria patriótica implícita para estudiar esa especialidad; en mi caso, el interés por la física nuclear existía desde mucho antes y simplemente había encontrado la oportunidad de dedicarme a ella.
Ya como estudiante de la Escuela de Física, una noche, mientras esperaba el inicio del turno de guardia en la milicia universitaria, tuve el privilegio de mi primer encuentro personal con Fidel. Como hacía con frecuencia, el Comandante llegó hasta la entonces Plaza Cadenas, frente a la Facultad de Ciencias. De inmediato, quienes nos encontrábamos allí nos reunimos a su alrededor para conversar con nuestro líder.
Líder en toda la extensión de la palabra, empezando por su sencillez. Podría parecer difícil para un joven que aún no llegaba a los veinte años dirigirse con naturalidad a una figura de su dimensión. Sin embargo, uno de los rasgos que más engrandecían al Comandante era precisamente esa sencillez y su extraordinaria capacidad para comunicarse con las personas, especialmente con la gente sencilla, de pueblo.
Aproveché la oportunidad para hacerle dos preguntas: ¿por qué dejaría de funcionar el Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla? y ¿cuáles eran las perspectivas para quienes estudiábamos Física con la intención de dedicarnos a la física nuclear?
Me explicó que no se trataba de cerrar un centro tan importante, sino de desarrollarlo mediante la creación de otro con mejores condiciones materiales y mayores posibilidades para alcanzar iguales o superiores resultados, además de ampliar el número de estudiantes.
Era ya la concepción de lo que sería la Escuela Vocacional Vladímir Ilich Lenin y, posteriormente, de toda la red de escuelas vocacionales y de ciencias exactas que crecería en el país.
Respecto a la física nuclear, ratificó la importancia estratégica de esa especialidad y de formar profesionales en ese campo. Sin embargo, añadió una reflexión que, al menos para mí, resultó completamente novedosa. Explicó que, aunque el uso de la energía nuclear era muy importante para Cuba, no era el momento de construir una central electronuclear destinada a la generación de electricidad. Una instalación de esa magnitud concentraría una parte excesiva de la capacidad de generación del país, lo que aumentaría su vulnerabilidad.
La estrategia, señaló, consistía en acometer esas inversiones más adelante, en paralelo con el desarrollo de la industria y de otros sectores de la economía. Entonces no sería necesaria una sola planta, sino varias inversiones en generación eléctrica que permitieran distribuir mejor la capacidad instalada de acuerdo con la demanda nacional y garantizar un sistema más confiable.
En aquel encuentro recibí mi primera gran lección directa del Comandante: la necesidad de mirar más allá de lo inmediato, de pensar estratégicamente y con una visión de totalidad. Una enseñanza indispensable para cualquier proceso transformador y que conserva plena vigencia.
Pasaron los años. Ya no era aquel joven aspirante a físico nuclear. Era físico y había transitado por varias áreas de esa ciencia, además de desempeñar otras actividades alejadas de ella. Hoy reconozco que siempre estuve impulsado por un interés que iba más allá de las ciencias naturales.
Ese primer impulso surgió precisamente después de graduarme en la Universidad de La Habana. Desde segundo año trabajaba como estudiante insertado en el Instituto de Física Nuclear, ubicado entonces en Managua. Al concluir la carrera me asignaron a la Academia de Ciencias. Recuerdo que el doctor Talavera —si la memoria no me falla, entonces secretario científico de la institución— me llamó a una entrevista. Me explicó que mi ubicación respondía a una solicitud del Instituto de Física Nuclear, pero añadió que yo era el único físico de mi graduación asignado a la Academia. En el Instituto de Geofísica y Astronomía hacían falta especialistas y existían dificultades de carácter político. Como militante de la UJC, me preguntó si estaba dispuesto a incorporarme allí. Acepté. Ahí empezó todo.
Sesionando con Fidel

Del físico de 1974 debo saltar al doctor en Ciencias Filosóficas que, en 1986, tras defender la tesis «La relación entre lo empírico y lo teórico en el proceso del conocimiento físico»., abandonó definitivamente aquella primera vocación para asumir otra que permanece hasta hoy: el estudio de las contradicciones en el proceso de construcción socialista cubano.
Pero estas líneas no tratan sobre mí.
Desde el primer momento en ese nuevo campo, la obra de Fidel reclamó mi atención, al igual que la de los diferentes grupos de investigación que tuve la responsabilidad de coordinar. Gracias a ello conocí facetas de un Fidel que, lamentablemente, no siempre han sido comprendidas en toda su dimensión: un dirigente crítico, agudo, exigente y, al mismo tiempo, abierto al diálogo con los revolucionarios; un defensor de la discrepancia honesta y un promotor del debate, pese a que muchos —no solo sus adversarios— hayan pasado por alto ese rasgo de su personalidad.
Ese Fidel era plenamente coherente con una idea que escuché expresar a Raúl Castro en julio de 1994, en la Sala Universal de las FAR: «El dirigente que no promueve la discrepancia entre sus subordinados es un mal dirigente».
Como parte de nuestras investigaciones asistimos durante casi una década a sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular. También consultamos versiones taquigráficas de sus debates y grabaciones de reuniones, entre ellas plenos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, encuentros encabezados por Fidel y las reuniones con cooperativistas, así como las reuniones de Empresas de Provincias Habaneras durante el proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.
Aquellos materiales constituyeron una fuente extraordinaria para comprender la sociedad cubana. Lamento no haber podido conservar todas las notas tomadas durante esos años, pero, más allá de esa pérdida, el mayor aprendizaje fue otro: conocer mejor a Fidel y su concepción del liderazgo socialista.
Comprendí entonces la profundidad de una idea que identifico como el «líder para dejar de ser líder», presente en su concepto de Revolución cuando llama a «emanciparnos por nosotros mismos». Esa dimensión difícilmente puede apreciarse únicamente a través de sus discursos; requiere observar su manera de conducir los procesos y de relacionarse con quienes lo rodeaban.
Muchos de los hechos que aquí menciono, especialmente los relacionados con la Asamblea Nacional, deben encontrarse recogidos en las versiones taquigráficas de sus sesiones. Corresponderá al historiador más riguroso verificar cada referencia. No he pretendido reproducir citas textuales, sino transmitir el significado que extraje de aquellos estudios. En cuanto a otras reuniones, quizá resulte más difícil reconstruirlas documentalmente, pero puedo afirmar que el mensaje que comparto responde al rigor con que fueron realizadas esas investigaciones.
En uno de nuestros informes sobre las contradicciones de la sociedad cubana, posteriormente recogido también en varias publicaciones, llegamos a una conclusión sobre el funcionamiento de la Asamblea Nacional hasta 1990:
«En las sesiones de nuestro máximo órgano del poder del Estado juega un papel determinante la presencia del compañero Fidel. Esto, que ha sido indiscutiblemente un privilegio histórico, requiere de una especial atención, pues en el momento actual puede condicionar pasividad en los diputados —por la confianza en la certera intervención de Fidel— que, en lo inmediato, propicie errores en decisiones y, estratégicamente, no favorece la necesaria preparación del relevo de nuestra máxima dirección estatal».
Con el paso del tiempo comprobamos que esa reflexión trascendía el ámbito de la Asamblea Nacional. Resulta imprescindible tenerla presente al analizar la obra de Fidel Castro como un proceso social complejo, profundamente marcado por la influencia de un líder cuya presencia física condujo durante décadas la transformación socialista cubana.
Discrepar con Fidel no era sencillo. Y subrayo la palabra sencillo, porque pude comprobar que no era imposible cuando existían honestidad, sinceridad y argumentos sólidos.
No era sencillo porque, parafraseando a Engels cuando habló de Marx, Fidel era un genio; los demás, a lo sumo, éramos personas con talento. Y eso impresiona a cualquiera.
Recuerdo una conferencia en el Instituto de Filosofía en la que un compañero que había combatido junto a Fidel en Alegría de Pío relató que, en medio de la balacera, mientras todos buscaban protegerse entre los surcos de caña, Fidel comenzó a describirle cómo sería la Revolución después del triunfo. Confesó que, por un instante, pensó que el Jefe había perdido la razón. Sin embargo, años más tarde comprobó que todo aquello que Fidel había imaginado en aquel cañaveral terminó convirtiéndose en realidad. Esa anécdota me recordó una frase que escuché de Senén Casas Regueiro: «Más vale parar un loco que echar a andar un bobo».
¿Era sencillo discrepar con alguien que una y otra vez confirmaba con los hechos la amplitud de su visión estratégica?
Y, sin embargo, Fidel respetaba al discrepante honesto. Más aún: lo necesitaba y lo estimulaba.
En una ocasión, un diputado formuló un planteamiento que provocó murmullos en el plenario. Fidel pidió la palabra, rescató con enorme delicadeza los elementos valiosos de aquella intervención y, como resultado, no se aprobó la propuesta que se discutía. En otra sesión, durante el análisis del nuevo Código Civil, advirtió un aspecto importante que no se había considerado y, con su ironía elegante pero directa, preguntó a los miembros del Consejo de Estado cómo era posible que ellos, siendo tan preparados, no lo hubieran advertido antes.
Más intensa fue una discrepancia con Fernando Vecino Alegret, entonces ministro de Educación Superior. Vecino defendía apasionadamente la necesidad de formar doctores en ciencias, mientras Fidel sostenía una posición diferente. Ninguno cedía. El debate quedó interrumpido por el receso y no volvió a tratarse en aquella sesión.
Confieso que salí convencido de que los días de Vecino como ministro estaban contados. Una vez más, Fidel me sorprendió. En el siguiente período de sesiones retomó el asunto, sin hacer referencia al intercambio anterior, y terminó respaldando las ideas que Vecino había defendido. No solo eso: Vecino continuó al frente del ministerio durante muchos años más, hasta su retiro por razones de salud.
Ese era Fidel. Y, para mí, ese sigue siendo Fidel: un ser humano excepcional, no un dios, cuyo ejemplo continúa guiándome.
Los desafíos del siglo XXI

Así transcurrieron los años en que lo estudié y lo conocí mejor. Cuanto más lo comprendía, más crecía mi admiración por él como ser humano. Hasta que la vida volvió a concederme el privilegio de tenerlo muy cerca una vez más.
Trabajaba entonces en el Instituto de Filosofía. Se nos ocurrió aprovechar que 2003, aniversario del natalicio de Carlos Marx, era un momento oportuno para organizar un evento internacional dedicado a su obra.
Muchos de quienes consultamos recibieron la idea con escepticismo; algunos incluso nos calificaron de locos. «Ya nadie se acuerda de Marx», nos decían, después del derrumbe del socialismo en Europa del Este y la desaparición de la Unión Soviética.
No todos reaccionaron así. Desde el primer momento contamos con el apoyo de Pedro Ross Leal, entonces secretario general de la CTC, gracias a la compañera Haydée Montes, integrante de su Secretariado. Poco a poco se fueron sumando la Escuela Superior del Partido Ñico López, encabezada por su rector Raúl Valdés Vivó; la ANEC, con su presidente Roberto Verrier y la vicepresidenta Esther Aguilera; Martha Harnecker, directora de Memoria Popular Latinoamericana (MEPLA), junto con Isabel Rauber; además de prestigiosos intelectuales extranjeros como Michael Lebowitz, Manfred Bienefeld, Al Campbell, Nchamah Miller e István Mészáros.
Así comenzó la organización del evento, prácticamente sin recursos, apoyados únicamente en el esfuerzo colectivo. Los participantes extranjeros financiaron sus propios viajes y estancias, atraídos por Cuba y por el espíritu de la convocatoria. Finalmente inauguramos la conferencia, de manera muy modesta, en los salones de la CTC Nacional.
La víspera del inicio recibí una llamada de Haydée Montes. «Jesús, Pedro nos convoca a una reunión». Aquello significaba mucho más de lo que parecía. Fidel se había enterado de la conferencia y quería conocer de primera mano lo que estábamos haciendo.
Las sesiones comenzaron en el teatro Lázaro Peña. Esa misma tarde supimos que el ministro de Cultura, Abel Prieto, había invitado a todos los participantes extranjeros a un encuentro en la sede de la UNEAC.
Confieso, con autocrítica, que estuve a punto de no asistir. El cansancio era enorme después de tantos meses de organización. Afortunadamente, mi esposa Elena insistió en que fuéramos. Ella había compartido, como siempre, las consecuencias silenciosas de mis responsabilidades.
Nunca dejaré de agradecerle aquella decisión.
Mientras transcurría el encuentro, Fidel entró al salón. Elena llevaba la cámara fotográfica con la que pudo captar las imágenes que hoy conservo como uno de mis mayores tesoros. Catorce de ellas acompañan este texto y forman parte de un archivo de más de cien fotografías que nunca han sido publicadas.
En la mesa presidencial estaban el viceministro del CITMA Daniel Codorníu, Carlos Martí, presidente de la UNEAC, y el ministro de Cultura, Abel Prieto. Fidel comenzó preguntando quién podía explicarle en qué consistía la conferencia.
Por alguna razón, nunca me sentí intimidado al conversar con él. Su extraordinaria capacidad para establecer una comunicación inmediata hacía desaparecer cualquier tensión. Mientras hojeaba el programa comentó, con su característico sentido del humor
—Las trece horas, las catorce horas… horario militar. A mí me gusta más decir la una de la tarde, las dos… De verdad que estos intelectuales no son buenos organizadores. Martí fue el único.
Todos reímos.
A partir de ese momento sostuvimos una conversación sobre la concepción del evento, su programa y numerosos detalles que él preguntaba con auténtico interés. Recuerdo, sobre todo, la cercanía con que escuchaba. Yo me sentía como un hijo conversando con su padre. Miraba siempre a los ojos, transmitía confianza y dejaba ver un deseo permanente de aprender para poder ayudar.
El encuentro se prolongó desde poco después de las nueve de la noche hasta cerca de la una de la madrugada. Fueron horas de aprendizaje. Fidel escuchaba atentamente a todos los participantes, hacía preguntas y demostraba cuánto valoraba una conferencia dedicada a la teoría marxista en medio de las difíciles circunstancias que atravesaba el país.
Ya casi al concluir pidió permiso para asistir al evento.
—Les prometo que voy a ir a escuchar; no voy a hablar.
Los aplausos cerraron aquella noche. Todos compartíamos el mismo deseo: que el Comandante no pudiera cumplir su promesa de permanecer en silencio durante la I Conferencia Internacional La obra de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI.
Antes de despedirse, se volvió hacia Abel Prieto y orientó que el evento continuara desarrollándose en el Palacio de las Convenciones. Aquellos minutos quedaron grabados para siempre en mi memoria, no solo por su contenido, sino por la emoción de haberlos vivido tan cerca de Fidel.
Elena y yo regresamos caminando a casa. Estábamos agotados, pero inmensamente felices. Después de tantos meses de esfuerzo y de tantas dificultades, nada podía superar la satisfacción de haber compartido aquel momento con él.
Al día siguiente las sesiones comenzaron en el Palacio de las Convenciones. Fidel llegó a primera hora, incluso antes que muchos participantes, y ocupó disciplinadamente su asiento para escuchar. En la primera fila nos encontrábamos también la ministra del CITMA, Rosa Elena Simeón; Roberto Lima, director en funciones del Instituto de Filosofía; Daniel Codorníu; Roberto Verrier; Pedro Ross; José Ramón Balaguer; Haydée Montes; Ricardo Alarcón; Jorge Risquet y otros dirigentes.
Fidel llegaba siempre con antelación. Escuchaba con atención cada ponencia y cada intervención del plenario. Todos esperábamos el momento de escucharlo a él.
Conservo especialmente algunos episodios. En uno de ellos criticó el desorden generado tras autorizar a entidades estatales la importación de vehículos. Yo estaba sentado a su lado y, cuando terminó de hablar, le comenté:
—Comandante, eso mismo llevamos tiempo criticándolo nosotros y nadie nos hace caso.
Sonrió y respondió:
—Hay que seguir. A mí me pasa lo mismo muchas veces, pero insisto.
Otra lección inolvidable ocurrió cuando el economista canadiense Michael Lebowitz preguntó por qué Cuba no había sufrido un colapso social tras la crisis del Período Especial, como ocurrió en varios países de Europa del Este.
En lugar de responder directamente, Fidel pidió que alguien del plenario contestara. Un colega ofreció una explicación muy elaborada. Al terminar, Fidel comentó con humor:
—¿Alguien puede traducirme lo que dijo? La verdad es que no entendí nada.
Después reconoció el esfuerzo del compañero, pero aquella observación fue una verdadera clase sobre la necesidad de que los académicos empleemos un lenguaje comprensible para todos si realmente queremos contribuir a la transformación de la sociedad.

Como parte de las actividades del evento, y por invitación del ministro de Cultura, todos los participantes asistimos a una función del Ballet Lizt Alfonso en el teatro Karl Marx.
Allí tuve otro encuentro personal con Fidel. Todavía conservo la guayabera que llevaba aquella noche, cuando conversó conmigo y, mientras hablábamos, apoyó su brazo sobre mi hombro.
Hoy y siempre Fidel
Hay otras dos vivencias grabadas en mi mente y en mi corazón que preferiría no tener que recordar. Sin embargo, forman parte de mi historia y permanecen como momentos de una tristeza infinita.
La primera ocurrió durante una Tribuna Abierta por el regreso de Elián. Elena, mi esposa, y yo seguíamos la transmisión desde la casa cuando advertimos que, mientras hablaba, Fidel comenzó a inclinarse sobre la tribuna. De pronto, la televisión dejó de enfocarlo y mostró imágenes del público. Se percibía un movimiento inusual entre los asistentes. Fueron apenas segundos, pero a nosotros nos parecieron eternos. Ya imaginábamos lo peor y apenas podíamos contener las lágrimas, hasta que Felipe Pérez Roque tomó la palabra y explicó lo sucedido. Más tarde, la comparecencia de Fidel por la televisión nos devolvió la tranquilidad, aunque el temor vivido aquella noche nunca se borró de nuestra memoria.
La segunda vivencia fue la noche en que la televisión interrumpió su programación para transmitir el mensaje que jamás hubiéramos querido escuchar. Raúl anunció la muerte de Fidel. A partir de ese instante comenzaron días imborrables: el homenaje en la Plaza de la Revolución; el paso del cortejo fúnebre por la esquina de Paseo y 23, donde, como tantos otros cubanos, no pude contener las lágrimas; la compañía de amigos llegados desde otros países para acompañar al pueblo cubano en aquellas horas, entre ellos el canadiense Arnold August; el recorrido de las honras fúnebres por toda la Isla y, finalmente, el acto de despedida con las palabras de Raúl.
No nos hemos quedado sin el Comandante invicto, ni podemos hacerlo jamás. Nos dejó una obra cuya continuidad constituye una responsabilidad histórica frente a todos los obstáculos, internos y externos, por poderosos que sean.
Su pensamiento no puede reducirse a frases aisladas que, fuera de contexto, terminan convertidas en consignas vacías. Vive en su obra y en la manera en que sembró las semillas del futuro en un presente que, como advirtió el 8 de enero de 1959, sería mucho más difícil mientras subsistiera el sistema capitalista.
Los errores forman parte de toda obra humana, especialmente cuando, como expresó Raúl, el socialismo constituye un «viaje a lo ignoto». Precisamente por eso debemos ser capaces de sobreponernos a nuestras propias insuficiencias y aprender de ellas.
Nos corresponde asumir en toda su profundidad, y seguir haciendo realidad con la creatividad que exijan las circunstancias, su concepto de Revolución, legitimado por una vida de entrega y por una obra sostenida hasta el último aliento.
Gracias, Fidel. Sigo contigo.