Cuatro años después de quedar fuera de los terrenos por una sanción que le cambió la vida, el receptor Bryan González vuelve a mirar de frente al Estadio Latinoamericano con la camiseta de Industriales.
La mañana avanza sobre el césped del Coloso del Cerro mientras los peloteros de la preselección azul comienzan a calentar y, entre guantes, bates y conversaciones, aparece un rostro conocido que durante demasiado tiempo tuvo que observar el béisbol desde otra orilla.
Bryan está de regreso y no parece dispuesto a desperdiciar un solo lanzamiento de esta segunda oportunidad.
“Me siento súper bien físicamente”, dice antes de iniciar los entrenamientos rumbo a la 65 Serie Nacional, como quien resume en una frase cuatro años de espera, sacrificio y una pasión que nunca estuvo en pausa.
Tenía apenas 21 años cuando llegó la oportunidad que había perseguido desde niño: integrar por primera vez un equipo Cuba, el seleccionado Sub-23 que participó en la Copa del Mundo de 2022 en Taipéi de China, donde conectó un doble y un triple en cuatro turnos y remolcó cuatro carreras.
Aquel torneo, sin embargo, terminó convirtiéndose en una frontera dolorosa, pues en septiembre de ese año la Federación Cubana de Béisbol le impuso una suspensión de cuatro años por dopaje.
“Fue una proteína que estuve tomando y tenía una sustancia que estaba en la lista de las prohibidas”, explica ahora, con la serenidad de quien ha tenido demasiado tiempo para pensar en lo ocurrido.
No intenta borrar aquella página ni esquivar su responsabilidad, porque reconoce que la inexperiencia también pesa cuando se mira hacia atrás, aunque admite que cuatro años fueron “mucho” tiempo para alguien que apenas comenzaba a abrirse camino en el béisbol de alto rendimiento.
Lo verdaderamente difícil, quizás, no estuvo en abandonar un estadio, sino en aprender a vivir lejos de aquello que había acompañado cada uno de sus días desde los seis años.
“Esto es lo único que sé hacer”, cuenta al hablar del béisbol, una confesión sencilla que explica mejor que cualquier estadística la razón por la cual nunca se alejó completamente del deporte.
Mientras la sanción corría en el calendario, Bryan siguió levantando pesas, entrenando y jugando en ligas, primero en la academia del «Torito» Barcelán y también vinculado a los espacios de preparación de la Liga Élite, convencido de que algún día volvería a colocarse detrás del home en el campeonato nacional.
Sus padres fueron entonces una especie de refugio cuando el camino se hizo más estrecho, porque, según reconoce, “nunca me dejaron caer”, y ese respaldo familiar terminó siendo una de las anclas que le permitieron sostener el sueño.
En las dos temporadas que alcanzó a disputar con Industriales, la 60 y la 61, apenas tuvo 17 veces al bate, números pequeños para contar una historia que siempre pareció tener mucho más por decir.
Ahora la cuenta vuelve a comenzar desde cero.
Consciente de que dos jóvenes receptores de calidad compiten por su misma posición dentro del equipo, Bryan no teme la rivalidad, sino que la abraza: «hay que trabajar desde el día uno, el que mejor lo haga es el que va a jugar.»
También llega distinto, porque aquellos cuatro años no pasaron en vano: asegura sentirse físicamente mejor y reconoce que la sanción le cambió “la mente, la forma de ver la vida y el béisbol”.
Sobre el terreno se define como un receptor integral, aunque admite sentirse más confiado en la defensa y asegura haber trabajado para convertirse también en una pieza ofensiva capaz de responder cuando el equipo necesite sus batazos.
Pero por encima de posiciones, estadísticas y rivalidades permanece una camiseta que para él tiene un peso difícil de medir. Desde niño acudía al Latinoamericano con la ilusión de algún día formar parte de Industriales y, cuando finalmente lo consiguió, comprendió que había sueños que no cabían en una palabra.
“A veces hay palabras que no describen el sentimiento por la camiseta”, afirma al recordar su vínculo con el equipo y con una afición que, según dice, lo acompañó incluso durante los momentos más difíciles.
Ahora esa afición vuelve a tenerlo delante.
Bryan no habla de revancha ni intenta convertir su regreso en una película de héroes y villanos, pero sí sabe perfectamente qué quiere encontrar al final de este camino: una buena Serie Nacional, el título que espera conquistar con Industriales y, después, volver a vestir la camiseta de Cuba.
“Ese siempre ha sido mi sueño desde que tengo uso de razón sobre el béisbol”, confiesa.
El Latinoamericano lo recibe otra vez entre guantes, carreras y voces de entrenamiento, y mientras la preselección comienza a tomar forma para la nueva temporada, Bryan González vuelve a ocupar su lugar en el diamante.
Cuatro años le quitaron tiempo, partidos y oportunidades, pero no pudieron arrancarle lo esencial: el amor por el béisbol; ahora, con el pasado convertido en aprendizaje y el futuro abierto frente al home, el muchacho que un día tuvo que marcharse vuelve para demostrar que algunas pasiones, cuando son verdaderas, simplemente esperan.