La Habana tiene cada vez más canas. En una ciudad donde viven 1 749 964 personas, 491 246 tienen 60 años o más. El grupo representa el 29,1 por ciento de la población capitalina, una proporción que coloca al envejecimiento entre los fenómenos demográficos con mayor impacto sobre la vida de la ciudad.
La estructura por edades muestra, además, un cambio significativo en la composición de la población. Los habaneros de 60 años y más casi duplican a quienes tienen menos de 15 años, grupo que reúne 263 296 personas. La diferencia es de 227 950 habitantes.
El comportamiento no es homogéneo entre hombres y mujeres. De las personas con 60 años o más, 283 971 son mujeres y 207 275 hombres. Ellas representan alrededor del 58 por ciento del grupo y su presencia se hace todavía más marcada a medida que aumenta la edad.
Entre quienes tienen 85 años o más, por ejemplo, hay 25 476 mujeres frente a 12 361 hombres. Es decir, aproximadamente dos de cada tres personas en ese tramo son mujeres.
A nivel municipal, Plaza de la Revolución continúa siendo el municipio más envejecido del país con 38,2 % de su población de 60 años y más.
Una pirámide que cambia
La distribución de la población habanera evidencia el estrechamiento de las edades más jóvenes y el mayor peso de las generaciones adultas y mayores.
Los menores de 15 años representan apenas el 15 por ciento de la población, mientras las personas de 50 años en adelante concentran 799 965 habitantes, el 45,7 por ciento del total.
El grupo más numeroso corresponde a las edades entre 60 y 64 años, con 161 891 personas. Le siguen quienes tienen entre 55 y 59 años, con 161 049. En contraste, los grupos de menor edad presentan cifras inferiores: entre 0 y 4 años se contabilizan 71 800 personas y entre 15 y 19 años, 86 602.
No se trata únicamente de que aumente el número de adultos mayores. El cambio implica una transformación de la relación entre generaciones y, por tanto, de las necesidades de la población.
Una ciudad diseñada para una estructura demográfica más joven debe responder ahora a una población en la que tienen mayor peso las enfermedades crónicas asociadas a la edad, la discapacidad, la necesidad de cuidados de larga duración y las dificultades de movilidad, pero también la participación social, laboral y cultural de quienes permanecen activos después de los 60 años.
Más años, nuevos desafíos
El envejecimiento poblacional es resultado de varios procesos que ocurren simultáneamente. La mayor esperanza de vida permite que más personas lleguen a edades avanzadas, mientras la baja fecundidad reduce el peso relativo de las generaciones jóvenes. A ello se suma la salida de población en edades activas y reproductivas.
En Cuba, la fecundidad permanece desde hace décadas por debajo del nivel de reemplazo. Esto significa que los nacimientos no alcanzan para sustituir numéricamente a las generaciones precedentes y contribuye al estrechamiento de la base de la estructura por edades.
La Habana, como uno de los territorios con mayor concentración poblacional del país, refleja con particular claridad esas tendencias.
El resultado es una ciudad en la que aumenta la demanda potencial de cuidados al mismo tiempo que disminuye proporcionalmente la población en edades laborales. Esa relación plantea interrogantes para ámbitos tan diversos como la seguridad social, la atención sanitaria, el transporte, la vivienda, el diseño urbano y los servicios comunitarios.
Pero reducir el envejecimiento a sus costos sería insuficiente.
Las personas mayores constituyen también una parte importante de la memoria social de la ciudad. Son trabajadores jubilados y activos, cuidadores, artistas, profesionales, emprendedores, dirigentes comunitarios, abuelos y abuelas, vecinos que participan de la vida de sus barrios y personas que continúan aportando conocimientos y experiencias.
El reto consiste, entonces, en que vivir más años pueda traducirse también en vivirlos con autonomía, derechos y participación.
Una ciudad para todas las edades
El dato demográfico obliga a mirar más allá de las estadísticas. Una población envejecida necesita espacios públicos accesibles, transporte adecuado, viviendas adaptadas, atención sanitaria oportuna y redes de apoyo capaces de responder a quienes requieren cuidados.
También demanda revisar la manera en que se concibe la participación de las personas mayores. No todas necesitan asistencia ni todas ocupan el mismo lugar dentro de este grupo. Entre los 60 y los 85 años o más existen diferencias importantes en autonomía, salud, ingresos, necesidades y proyectos de vida.
La propia distribución por edades de La Habana confirma esa diversidad. Hay 161 891 personas entre 60 y 64 años, pero también 37 837 con 85 años o más. Son generaciones distintas dentro de una misma categoría demográfica.
La tendencia no apunta a revertirse en el corto plazo. Las proyecciones nacionales indican que para 2050 entre el 36 y el 37 por ciento de la población cubana podría tener 60 años o más.
Para La Habana, donde actualmente más de uno de cada cuatro habitantes ya supera esa edad, el envejecimiento dejó de ser una cuestión exclusivamente estadística. Está presente en los hogares, los barrios, los centros de trabajo y los servicios de la capital.
El desafío no consiste solamente en atender a una población que envejece, sino en construir una ciudad capaz de acompañar todas las etapas de la vida.
