El 7 de octubre de 1980, las páginas de un nuevo periódico se dirigieron por primera vez a los habitantes de la capital. “Buenas tardes, Habana” fue el saludo escogido por Roberto Pavón Tamayo, quien fuera entonces su director, para abrir aquella edición inaugural de Tribuna de La Habana, publicación que completaba la presencia de la prensa provincial en el territorio nacional y nacía con una misión concreta: contar la ciudad desde sus propios problemas, acontecimientos y protagonistas.
La aparición de Tribuna de La Habana se inscribía en una tradición periodística de larga data. La capital había sido escenario de publicaciones que buscaron interpretar su realidad y dialogar con sus habitantes. Entre esos antecedentes figuraban El Habanero, fundado por Félix Varela, y Tribuna del Trabajo, publicación asociada a Carlos Baliño y con influencia en la capital cubana. Aunque aquellas experiencias tuvieron una existencia breve, dejaron una huella en la historia de la prensa habanera.
En ese cruce de referencias también se encontraba el nombre del nuevo periódico. Tribuna de La Habana reunía, por una parte, la palabra “Tribuna”, vinculada con la publicación de Baliño, y por otra, “La Habana”, en correspondencia con la vocación de El Habanero de abordar los asuntos de la capital.
Pero la fundación del periódico respondía, sobre todo, a una necesidad informativa. En los primeros días de octubre de 1980, Julio Camacho Aguilera, entonces primer secretario del Partido en Ciudad de La Habana, explicaba que la existencia de un rotativo dedicado específicamente a la provincia resultaba necesaria porque, aunque en la capital radicaban los órganos nacionales, estos no podían atender con igual profundidad los problemas particulares de la ciudad.
La idea era establecer un vínculo directo con la población y convertir al periódico en un espacio de intercambio con los distintos sectores de la sociedad habanera. Obreros, estudiantes, científicos, profesionales, deportistas, combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior, artistas, intelectuales, así como niños y jóvenes en formación, aparecían entre los públicos a los que se dirigía aquella primera declaración de principios.
“Servir a los intereses del pueblo” y mantener un “estrecho vínculo con la clase obrera habanera” formaban parte de los propósitos expresados en aquella primera edición. Más que definir únicamente una línea editorial, esas palabras delineaban el tipo de relación que el periódico aspiraba a establecer con la ciudad: recoger sus problemas, acompañar sus resultados y reconocer a quienes contribuían a su desarrollo.
La publicación había comenzado a tomar forma incluso antes de aquella primera edición. En las oficinas del Departamento de Orientación Revolucionaria se prepararon ejemplares de prueba que no llegaron a circular. Aquellas versiones sirvieron para experimentar con colores, formatos, tipografías y el logotipo que identificaría al diario, además de comprobar las condiciones de la rotativa en la que se imprimirían las primeras tiradas.
La máquina pertenecía a los antiguos talleres del periódico El Mundo, ubicados en Virtudes y Águila, en Centro Habana. Allí también quedó instalada la redacción que reunió al reducido colectivo encargado de poner en marcha el nuevo medio.

Así comenzó nuestra historia.
Continúa en De la vieja rotativa al azul (PARTE II)