Tribuna de La Habana

Silvia Pérez Cruz le canta a La Habana

«Cuba querida, Cuba amada». Así anunciaba, el pasado mes de julio, la cantautora catalana Silvia Pérez Cruz su parada en la Habana como parte de la gira por Latinoamérica de su disco Oral_Abisal. La cita se concretó este domingo en la iglesia de San Francisco el Nuevo, en la Habana Vieja
Foto: Ismel Ruiz Marsán

Hay voces que llenan una sala y otras que parecen conocer el camino hasta el último rincón de una ciudad. La de Silvia Pérez Cruz pertenece a las dos categorías. Puede crecer hasta ocuparlo todo, pero también reducirse a un hilo, apenas un susurro, y un instante después quebrarse en ese territorio incierto donde la canción queda al borde del llanto.

Este domingo, La Habana escuchó esa voz.

No fue casual el escenario. La cantante española llegó a la Iglesia de San Francisco el Nuevo, en La Habana Vieja, para ofrecer un concierto gratuito. El templo, de arquitectura renacentista, ofrecía las condiciones acústicas y energéticas necesarias para que la música viajara sin obstáculos. Allí, entre la piedra y el silencio, una voz puede volverse íntima y, al mismo tiempo, imparable.

Para Silvia, además, La Habana no es una ciudad más en el itinerario de una gira. Tampoco una parada entre las ciudades latinoamericanas que marcan el destino de su música de esta parte del mundo. Hay algo anterior al escenario, una relación construida mucho antes de que ella pudiera cantar sus propias canciones.

Foto: Ismel Ruiz Marsán

La Isla llegó a su vida a través de su padre, Cástor Pérez, investigador, compositor y estudioso de la música cubana, particularmente de las habaneras. Ese género que nació en Cuba, cruzó el Atlántico a mediados del siglo XIX y encontró en Cataluña una particular resonancia. Fue también uno de los puentes familiares de Silvia con la música de nuestra isla.

Tenía cuatro años cuando su padre le enseñó La tarde, de Sindo Garay. Décadas después, en 2010, cuando Cástor murió, Silvia grabó su propia versión de aquella canción. Ahora, volvió a cantarla para anunciar su concierto La Habana y el gesto adquiere otra dimensión: la canción que comenzó como una enseñanza familiar regresa a la tierra de su autor y se convierte, también, en una forma de memoria.

En el video promocional de su visita aparece precisamente La tarde. Quizá por eso la canción funciona como una especie de puerta de entrada. Detrás de ella está Sindo Garay, pero también está Cástor; detrás de Cástor, la música cubana; y detrás de todo, una relación con la Isla que Silvia resume con una frase sencilla: “Tengo una relación íntima con esta isla, quiero cuidarla como yo sé, cantando”.

Acompañada por su trío —Bori Alberto, en el contrabajo; Marta Roma, en el violonchelo, y Carlos Monfort, en el violín—, Pérez Cruz recorrió canciones de Oral_Abisal, su más reciente álbum de estudio, junto a otras piezas simbólicas de su discografía.

Foto: Ismel Ruiz Marsán

Su música tampoco reconoce fronteras demasiado rígidas. En ella caben el flamenco y la canción latinoamericana, el jazz, la bossa nova y el fado, pero también la exploración sonora y las búsquedas más experimentales. No se trata simplemente de reunir géneros, sino de hacerlos conversar desde una voz que puede cambiar de textura sin perder identidad.

En La Habana, esa voz encontró además una ciudad con la que mantiene una conversación antigua.

En aquella iglesia había algo más que un concierto. Estaba la memoria de un padre, una canción aprendida en la infancia, una tradición musical que cruzó el océano y una artista que regresa a la ciudad desde la que tantas de esas historias comenzaron.

La Habana fue entonces escenario, pero también interlocutora.

Y Silvia Pérez Cruz le cantó como se canta aquello que importa: a veces con toda la voz; otras, apenas con un hilo. Hasta que el hilo tiembla, se rompe y queda suspendido, por un segundo, en ese lugar donde cantar y llorar casi parecen la misma cosa.

Después de Cuba, la gira de Oral_Abisal continuará por Santo Domingo, Santiago de Chile, Buenos Aires, Porto Alegre, São Paulo y Río de Janeiro. Pero en La Habana queda otra estación, una que no se mide en kilómetros ni en fechas de calendario: la de una cantante que encontró en esta ciudad una parte de su propia historia y decidió devolverla convertida en música.

 

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