Sobre el asfalto ondulante del Mirador de Santo Domingo, donde el viento parece medir el alma de cada pedalista, la artemiseña de Güira de Melena impuso su jerarquía con 40:15:79 minutos, tras una primera vuelta descomunal de 13:00:37 que dejó claro, desde temprano, que no corría contra rivales, sino contra el tiempo y la historia.
Había en su rostro la serenidad de quien ya había ganado la batalla en la víspera, quizá mientras desfilaba en la ceremonia inaugural y apretaba en silencio los sueños acumulados de años, sabiendo que el guion no se improvisa cuando se llega con la estatura de campeona y el oficio curtido en el máximo circuito del ciclismo femenino.
No por anunciada resultó menos estremecedora su victoria, porque Marlies, con nervios de acero y una cadencia que parecía tallada en mármol, desplazó sin titubeos a la mexicana Sara Roel y a la trinitaria Teniel Campbell, abriendo un surco luminoso por donde empezarán a rodar las aspiraciones doradas de Cuba en estos Juegos.
Detrás de ese tiempo exacto y demoledor viajan también sus medallas panamericanas, sus títulos nacionales, sus etapas ganadas en tierras lejanas y su presente en la élite con el Virginia’s Blue Ridge, pero sobre todo viaja una certeza: cuando Mejías acelera, no solo gana, sino que arrastra consigo la emoción intacta de un país que vuelve a creer en el primer golpe.
Su pedaleo tuvo algo de sentencia y de epopeya, como si cada giro de biela respondiera a una pregunta antigua sobre la pertenencia, la lealtad y el regreso, y su respuesta fuera esta: cuando una campeona se empeña en llevar a Cuba sobre el pecho, hasta el asfalto termina pareciendo patria.