La primera subserie particular de la 65.ª Serie Nacional de Béisbol dejó a los Leones de Industriales con más preguntas que respuestas desde el montículo.
Después de permitir 43 carreras en cuatro partidos ante los Vegueros de Pinar del Río, y salir derrotados en tres de los cuatro desafíos disputados en el Coloso del Cerro, se encendieron las alarmas.
De esas 43 anotaciones, 40 fueron limpias, una cifra que retrata por sí sola la dimensión del naufragio sufrido por un cuerpo de lanzadores que llegaba al campeonato precedido por la reputación de ser uno de los más sólidos del torneo.
El dato se vuelve todavía más llamativo cuando se recuerda que, al menos sobre el papel, la artillería pinareña no parecía destinada a infundir semejante temor, pero los maderos verdes encontraron terreno fértil en un picheo incapaz de poner freno a la tormenta.
En los cuatro partidos, los serpentineros azules trabajaron para una descomunal efectividad de 10.29 carreras limpias permitidas por cada nueve entradas, mientras concedieron 21 boletos y colocaron en circulación a 2.14 corredores por capítulo, cifras difíciles de sostener para cualquier aspirante a protagonista.
El promedio ofensivo de .370 conseguido por los Vegueros frente al picheo capitalino completa un cuadro preocupante, pues significa que prácticamente cuatro de cada diez veces que los bateadores pinareños acudieron al cajón encontraron la manera de conectar imparables.
Solo Carlos Manuel Cuesta, autor de ocho entradas inmaculadas en el juego inaugural, y Lee Andy Plumas, quien colgó una argolla en la pizarra, consiguieron escapar del tsunami desatado por la ofensiva visitante, mientras el resto de los brazos utilizados terminó pagando una factura demasiado elevada.
Y en medio de semejante vendaval aparece también la figura de Alfonso Urquiola, uno de los directores más respetados del béisbol cubano, quien regresó este año al banquillo pinareño y volvió a demostrar aquello que mejor conoce: leer a sus jugadores, confiar en ellos y encontrar la manera de sacarles un rendimiento superior al que muchos esperarían.
El estratega vueltabajero conoce como pocos los resortes de un equipo y volvió a moverlos con ese instinto que lo ha acompañado durante una extensa carrera, hasta convertir una ofensiva que no parecía particularmente amenazante en una maquinaria capaz de castigar casi cualquier error.
Si el escándalo no alcanzó dimensiones todavía mayores fue porque la defensa azul consiguió sostener algunos de los pedazos que amenazaban con desprenderse, con apenas tres errores y seis jugadas de doble matanza en los cuatro encuentros.
Pero Industriales tendrá poco tiempo para lamentaciones, porque desde mañana viernes el Latinoamericano abrirá sus puertas a los Cazadores de Artemisa, vencedores en tres de sus primeros cuatro compromisos y dueños de un promedio ofensivo de .359, segundo mejor del campeonato.
La advertencia está servida, aunque tampoco hay razones para encender las alarmas cuando apenas comienza el camino de la Serie Nacional y todavía faltan por incorporarse varios de los lanzadores de mayor palmarés de la nómina azul, ausentes por compromisos en el extranjero, lesiones o descanso después de sus actuaciones en ligas foráneas.
Industriales tiene calidad suficiente para revertir este comienzo y, sobre todo, tiene tiempo para hacerlo, por lo que sus seguidores pueden confiar en que estos números terminarán siendo un mal recuerdo cuando los brazos más experimentados se sumen al desafío y el cuerpo de lanzadores encuentre nuevamente su rumbo.
Porque cuatro partidos pueden dibujar una tormenta, pero no alcanzan para borrar la historia ni la jerarquía de los Leones.