El estadio Latinoamericano tiene una manera de estremecerse que no se aprende en los planos: basta un batazo, una pelota que demora en caer, para que sus gradas se levanten y ochenta años de historia vuelvan a ponerse de pie.
Este lunes 26 de octubre, el Coloso del Cerro cumple ocho décadas, con la memoria prendida a sus columnas y esa manera de respirar que tienen los lugares donde varias generaciones dejaron algo de sí mismas.
Nació en 1946 como Gran Stadium de La Habana, cuando la pasión necesitó una casa más grande, y unos 31 mil espectadores acudieron a verlo abrir los ojos con una victoria del Almendares sobre Cienfuegos, nueve carreras por una.
Después creció hasta alcanzar capacidad para 55 mil aficionados, con graderíos extendidos alrededor del diamante, sus jardines de 325 pies por las bandas y 400 por el centro.
Pero al Latino no lo explican sus medidas, sino sus sonidos: el golpe seco de la mascota, el crujido del bate, el pregón que atraviesa una pausa y ese rugido que empieza en una garganta y termina sacudiendo el cemento.
También tiene un silencio propio, espeso y casi tangible, cuando la carrera del empate espera en tercera y el lanzador busca dentro del guante una respuesta que no aparece en las señas.
Es la casa de Industriales, dueño de 12 coronas y todavía el equipo más laureado de las Series Nacionales, aunque desde 2010 no consigue levantar otra copa y la espera le haya puesto canas a más de un muchacho que aprendió a quererlo vestido de azul.
Allí la victoria se celebra como una restitución del orden y la derrota se discute hasta mucho después del último out, porque al León sus seguidores le perdonan casi todo, menos que olvide rugir.
Sin embargo, esa casa tiene una paradoja hermosa: en ocasiones, la visita parece traer más familia que el anfitrión, pues La Habana, cosmopolita y hecha de tantas procedencias, lleva a los graderíos sus patrias pequeñas y convierte cualquier duelo en una discusión entre vecinos.
Basta que llegue el equipo de la tierra natal para que alguien vuelva a ser, durante nueve entradas, el niño que escuchaba pelota lejos de la capital.
Por eso el Latino pertenece a Industriales sin dejar de pertenecerle a Cuba, como corresponde a un escenario que recibió Series del Caribe, campeonatos mundiales y aquellas jornadas de los Panamericanos de 1991 en que cada batazo parecía empujar a un país.
Por sus graderíos vagan, en esta crónica, los espíritus de las grandes glorias: una sombra de guante prodigioso, un zurdo que vuelve a acomodarse en la caja, un lanzador que aún se toma todo el tiempo del mundo antes de desafiar al bateador.
Y entre esas presencias regresa Agustín Marquetti, con el jonrón de 1986 todavía de viaje en la memoria, mientras otra generación ocupa los asientos y descubre que ciertas ovaciones no terminan: se heredan.
Ochenta años después, el Coloso conserva esa mística que no cabe en una pizarra ni se compra con una entrada: la certeza de que el próximo lanzamiento puede abrirle una puerta a la eternidad.
Porque en el Latinoamericano el último out termina el juego, pero nunca consigue apagar el estadio.