Hay que imaginarlo joven, todavía lejos de convertirse en el Padre de la Patria. Camina por una plaza de La Habana donde la vida transcurre con la naturalidad de cualquier tarde colonial. Se oyen conversaciones, pasos sobre las piedras y, al caer la noche, la música de una banda militar. Alguien vende flores. Frente a él se alza la estatua de Fernando VII, el monarca español cuyo poder representa el orden colonial bajo el que viven los cubanos.
Quizás Carlos Manuel de Céspedes se detuvo alguna vez a contemplarla. Quizás pasó junto a ella sin concederle más atención que a cualquier otro monumento de la ciudad. No podemos saberlo. Tampoco si imaginó que, mucho tiempo después, sería su propia figura la que ocuparía aquel espacio.
Aquel joven bayamés había llegado a La Habana para estudiar en el colegio de San Carlos y San Ambrosio y continuar después su formación en Derecho en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. Era un hombre de leyes, de versos y de inquietudes. Aún no había puesto su nombre en la historia, aunque el tiempo terminaría por reservarle un lugar decisivo en ella.
Hoy la plaza vuelve a reunir a quienes llegan para recordar al hombre que cambió el rumbo de la historia cubana. Frente a su monumento, las autoridades, los representantes de las instituciones y el pueblo congregado participan en el acto por el aniversario 158 del alzamiento de La Demajagua, acontecimiento que marcó el inicio de las luchas por la independencia de Cuba.
La estatua permanece en su sitio. A su alrededor, la ceremonia trae al presente una fecha que comenzó a escribirse lejos de esta plaza, en un ingenio de Bayamo, cuando Céspedes decidió romper con el poder colonial.

Presidieron el acto Miguel Díaz-Canel Bermúdez, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y presidente de la República; Esteban Lazo Hernández, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular y del Consejo de Estado; Roberto Morales Ojeda, secretario de Organización del Comité Central del Partido; Liván Izquierdo Alonso, primer secretario del Comité Central del Partido en La Habana. Asisten, además, otros miembros del Buró Político y del Secretariado del Comité Central, dirigentes del Partido y el Gobierno, representantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, trabajadores y funcionarios de la Oficina del Historiador de la Ciudad e instituciones del país.
La solemnidad de la jornada conduce la mirada hacia el pedestal. Allí, las palabras “Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria y Presidente de la República” recuerdan que el hombre homenajeado no fue únicamente quien inició una guerra. Fue también quien contribuyó a poner en marcha el proyecto de una nación soberana.
El 10 de octubre de 1868, en La Demajagua, Céspedes proclamó el inicio de las luchas por la independencia y liberó a sus esclavos, a quienes convocó a sumarse a la lucha. No fue un gesto aislado ni una improvisación. Detrás de aquella decisión se encontraban años de inconformidad, debates y conspiraciones, junto a una generación que ya no encontraba espacio para sus aspiraciones dentro del dominio español.
La independencia dejó de ser una idea para convertirse en acción. Con ella emergió una contradicción que la sociedad colonial había intentado sostener durante siglos: no podía hablarse de libertad para una nación mientras una parte de sus habitantes permaneciera privada de ella.

Céspedes no fue un héroe inmóvil ni una figura de bronce. Tenía fortuna, familia y una vida que pudo haber transcurrido entre las comodidades de su posición social. Eligió comprometerlo todo con una causa cuyo desenlace no podía conocer. Perdió sus bienes, sufrió la separación de sus seres queridos y terminó enfrentado a las dificultades de una guerra que también estuvo marcada por las divisiones internas.
Murió en San Lorenzo, en la Sierra Maestra, el 27 de febrero de 1874, durante un enfrentamiento con una columna española. Para entonces había sido apartado de la presidencia de la República en Armas. Su final no ocurrió en una ceremonia ni ante una multitud. Fue el desenlace de una vida entregada a una lucha que había comenzado seis años antes, cuando decidió que la independencia no podía esperar.
Quizás por eso su presencia en esta plaza adquiere otra dimensión cuando termina el discurso y la mirada vuelve a encontrarse con la escultura. El monumento recuerda al prócer, pero detrás de la figura solemne permanece el hombre que tomó decisiones, asumió riesgos y sacrificó su propia seguridad por una idea de nación.
En las palabras de clausura, José Ramón Monteagudo Ruiz, miembro del Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, definió la jornada como un acto de ratificación del compromiso con el legado de los héroes y mártires, así como de la voluntad del pueblo cubano y las nuevas generaciones de fortalecer la unidad y defender la patria, la Revolución y la obra de justicia social por la que han caído miles de cubanos.

La ceremonia concluye, pero la plaza continúa allí, con su historia y sus contrastes. Los asistentes comienzan a dispersarse y la estatua permanece sobre su pedestal, en medio de una ciudad muy distinta de aquella que Céspedes conoció como estudiante.
Quizás nunca imaginó que regresaría a este espacio convertido en símbolo. No sabemos si alguna vez se detuvo ante la estatua de Fernando VII ni qué pensó al contemplarla. Lo que sí sabemos es que, 158 años después de La Demajagua, su nombre sigue convocando a los cubanos frente a un monumento que une la memoria de la independencia con las preguntas del presente.
Y mientras la plaza recupera poco a poco su movimiento habitual, el joven que alguna vez caminó por sus calles parece volver a cruzarla. Ya no es el estudiante que llega a La Habana para formarse en leyes. Es el hombre cuya decisión abrió una guerra y puso en marcha una historia que todavía se discute, se recuerda y se conmemora.
