Cada segundo lunes de febrero se conmemora el Día Internacional de la Epilepsia, una fecha destinada a visibilizar una de las enfermedades neurológicas más comunes y, al mismo tiempo, más incomprendidas del mundo.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor de 50 millones de personas viven con epilepsia a nivel global, lo que la convierte en uno de los trastornos neurológicos más frecuentes. De ellas, cerca del 80 % reside en países de ingresos bajos y medianos, donde el acceso al diagnóstico oportuno y al tratamiento adecuado continúa siendo limitado.

La epilepsia es un trastorno cerebral crónico no transmisible que puede afectar a personas de todas las edades. Se caracteriza por la predisposición a presentar crisis epilépticas recurrentes, provocadas por una actividad eléctrica anómala en el cerebro. Estas crisis pueden ser convulsivas o no convulsivas y manifestarse de múltiples maneras, desde alteraciones del estado de conciencia hasta movimientos involuntarios.

No obstante, la dimensión clínica es solo una parte del problema. La epilepsia tiene un impacto psicosocial profundo, marcado por el estigma, la discriminación y, en muchos casos, la vulneración de derechos humanos. Para muchas personas, el rechazo social, la exclusión laboral o educativa y el miedo del entorno resultan más limitantes que la propia enfermedad.

La OMS estima que hasta el 70 % de las personas con epilepsia podría vivir sin crisis si recibiera un diagnóstico adecuado y un tratamiento oportuno. Sin embargo, la brecha de atención sigue siendo alarmante: tres de cada cuatro personas con epilepsia en países de bajos ingresos no reciben el tratamiento que necesitan.

En la Región de las Américas, la situación también es preocupante. Datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) indican que más de la mitad de las personas con epilepsia en América Latina y el Caribe no recibe ningún tipo de atención médica.

Además, dos tercios de los países de la región carecen de programas nacionales específicos para el manejo de esta enfermedad, y la mayoría no cuenta con una legislación adecuada que proteja a quienes la padecen.

A esta realidad se suma un mayor riesgo de mortalidad prematura, hasta tres veces superior al de la población general, debido tanto a causas directas como indirectas, entre ellas traumatismos, comorbilidades psiquiátricas y falta de atención médica continua.

Hablar de epilepsia, entonces, no es solo hablar de una condición neurológica. También debemos hablar de equidad en salud, de educación pública, de políticas sanitarias inclusivas y de la necesidad de formar a la población en primeros auxilios ante crisis epilépticas, una herramienta básica que puede prevenir lesiones graves e incluso salvar vidas.

En este día, el llamado es a asumir, como sociedades, que la verdadera carga de esta enfermedad no debería ser la exclusión, sino la responsabilidad colectiva de garantizar una vida digna a quienes conviven con ella. Porque la epilepsia no define a las personas. Lo que sí nos define es cómo respondemos ante su realidad.

Foto: Imagen generada con IA

Datos de la epilepsia en Cuba

En Cuba, se estima que la epilepsia tiene una prevalencia de entre 280 y 300 casos por cada 100 000 habitantes, una cifra que está dentro del rango general observado a nivel mundial, pero que adquiere dimensión particular en el contexto del país.

El Sistema Nacional de Salud tiene como política asegurar los medicamentos antiepilépticos a través de la red de farmacias, pero debido a la crisis económica por la que atraviesa el país, existen grandes desafíos con su disponibilidad y el aseguramiento de los equipos médicos necesarios.

Sin embargo, es necesario destacar el trabajo realizado por científicos cubanos, quienes desarrollaron un dispositivo propio para tratar la epilepsia farmacorresistente, resultado de un proyecto conjunto del Centro de Neurociencias de Cuba (Cneuro), el Instituto de Neurología y Neurocirugía y la Facultad de Ingeniería Mecánica de la Universidad Tecnológica de La Habana (Cujae).

El equipo, llamado Estep, es un estimulador eléctrico transcutáneo del nervio vago, de uso personal, alimentado por baterías y de fácil manejo.

Además de la epilepsia, el equipo muestra potencial terapéutico en afecciones como migraña, insomnio, depresión, trastornos del aprendizaje y rehabilitación tras un accidente cerebrovascular. Puede ser utilizado en el hogar por el propio paciente, tras un breve entrenamiento, y se apaga automáticamente al finalizar cada sesión.

Obtuvo su registro médico en 2023 tras ensayos clínicos que demostraron una reducción significativa de las crisis epilépticas en el 83,33 % de los pacientes. Representa una alternativa no invasiva y de bajo costo frente a procedimientos quirúrgicos o tecnologías importadas, habitualmente muy costosas.

(Con información de la OMS/OPS y Granma)

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