Foto: Sheila Hernández López

Siempre escuché decir, entre quienes venimos desde el interior del país, que en La Habana se vive con mucha rapidez, pero he descubierto que también se muestra indolencia con respecto al trato que reciben las personas en las filas para abordar el transporte urbano, en un escenario donde exceptúan las atenuantes y no queda otro remedio: esperar cuando aparece la guagua o, con mucha suerte, que el inspector logre detener un vehículo estatal y puedas llegar a tu destino.

De donde vengo las cosas son mucho más tranquilas, si alguien necesita pasar en el ómnibus pide amablemente permiso. En la capital de todos los cubanos, sin embargo, no entiendo por qué las normas de convivencia y respeto social nos hacen ver estas cosas un poco diferentes, al convertirnos en víctimas desde empujones hasta todo tipo de improperios y amenazas vociferadas, en las cuales han involucrado a esta servidora.

Con esto no quiero decir que sea así en todos los lugares de La Habana, ni es la referencia de todas las rutas de guaguas. Estoy hablando desde mi experiencia personal. La razón de estas manifestaciones de indisciplina, no la sé, no soy socióloga, pero como simple observadora puedo reiterar que entre los capitalinos se vive con mucha velocidad porque tienen una vida altamente activa.

Probablemente en la mayoría de los casos estas condiciones, y el añadido de otros agravantes, provoquen este tipo de reacciones violentas que generan tan desafortunados incidentes. Aunque parezca muy difícil es algo posible de erradicar. Por supuesto existe una forma: El respeto al derecho ajeno es la paz. Creemos conciencia sobre nuestro comportamiento y actitudes y esa violencia recurrente dejará de ser parte de nuestro entorno cotidiano.

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