El gobierno de los Estados Unidos de América sigue exacerbando odios y su propio aislamiento ante la comunidad mundial, por vulnerar, reiteradamente, principios del derecho jurídico internacional, y humano.

Las acciones ofensivas de la Casa Blanca y su irresponsable y muy peligrosa escalada en aguas jurisdiccionales del Caribe y también de otros mares en diversas latitudes del planeta, más la criminal agresión a la República Bolivariana de Venezuela, (que provocó unas 100 muertes y destrucción en algunos de sus Estados y capital), y el insólito e ilegal secuestro de su Presidente muestran la profundidad de degradación moral de Washington.
Por estos días organismos regionales, internacionales, gobiernos y pueblos que refrendan los principios de las Naciones Unidas y Carta Fundacional de la ONU han condenado de manera contundente la falta de moral y legalidad que encierran las disposiciones de promoción de conflictos bélicos por parte del presidente Donald Trump y sus acólitos de las guerras.
Asaltan barcos petroleros de cualquier origen y procedencia como vulgares piratas y corsarios, vergonzoso accionar de un gobierno, solo comprensible por su grado de deterioro de integridad, incivilización humana, o desesperación ante el acumulado de delitos que siguen saliendo a la palestra pública, sobre la administración actual norteamericana.
Esa práctica de piratería marítima condenada por las leyes puede acarrear consecuencias muy letales también para EE.UU., al potenciar caos en el tránsito de buques por mares y océanos del mundo que ellos también precisan utilizar para sustentar el “comercio libre de Washington”, con otros países. Están fomentando odios y represalias de forma necia.
De igual manera son multitudinarias las manifestaciones populares en Venezuela en defensa de la soberanía de su Patria y también de otros pueblos que repudian la asonada criminal, arrogante y de abuso de poder que protagoniza el señor Trump que intenta imponer su dominio sobre tierras de otras naciones, no solo de Latinoamérica, sino que sus desmedidas y mezquinas ambiciones superan las fronteras de América.
Este personaje con psicosis de “emperador mundial” ha dañado, considerablemente, la imagen autoproclamada históricamente, (aunque con múltiples cisuras) de país de la democracia y respeto de los derechos humanos), algo que cada día es más quebrantado, y no solo a lo externo, sino internamente con aumento de crueles persecuciones a migrantes, militarización de varios de sus Estados, fomento de violencia, odios raciales y sociales, drogadicción, encarcelamientos y deportaciones injustas que separan familias enteras, violación de postulados de la Constitución y Congreso estadounidense.
Y por si fuesen poco los delitos asociados a la Casa Blanca en materia de vulnerar derecho internacional en países de Latinoamérica y el Caribe con amenazas, chantajes, hostilidades y bloqueos contra Venezuela, Colombia, Cuba, Nicaragua, potenciar golpe electoral en Honduras, entre otros, burla también a sus aliados de Europa con declaraciones de robarse a Groenlandia, territorio de Dinamarca, lo cual divide más a la Unión Europea y por consiguiente a la Organización del Atlántico Norte, OTAN de la cual forman parte esos países.
Lamentablemente, así paga EE.UU. a sus aliados europeos los cuales han sido incondicionales a las políticas estadounidenses, no solo con fobia anti rusa, sino, además, dañando incluso a sus ciudadanos con campañas contra adquirir gas y otros recursos energéticos que garantizaban mejores precios y seguridad a sus poblaciones. También por secundar intereses de Washington se constata tibieza o silencio cómplice de algunas autoridades y gobiernos de la UE ante genocidio en Gaza e injustos asedios ilegales de los Estados Unidos a migrantes y otras naciones del mundo.
Las personas dignas y de buena voluntad que existan en ese país, díganse; autoridades del Sistema de Justicia, Tribunal Supremo de EE.UU, o miembros del Congreso en Washington, más la mayoría de los contribuyentes norteamericanos, el pueblo, los que aún tienen respeto por las leyes de su país, la Constitución y postulados de Naciones Unidas. Se debe de una vez por todas, imponer la cordura y el respeto a los indispensables códigos de conducta, valores y principios morales establecidos luego de la II Guerra Mundial para salvaguardar la paz y las relaciones armónicas e interacción al desarrollo comercial y justo, entre los países del mundo.
Ver además:
Trump: un buen acreedor del Premio Mundial de Fomento de Conflictos y Guerras

![[impreso]](/file/ultimo/ultimaedicion.jpg?1768039267)