El presidente de Estados Unidos de América desde su ascenso al poder se ha caracterizado más por fomentar conflictos internos y externos, que en gobernar con responsabilidad en proyecto reales de beneficio concreto para todos los millones de ciudadanos de ese país, y no solo para las elites y sus ambiciones de poder. Todavía existen en ciudades de esa desarrollada nación, algo que parezca imposible, zonas pobres y segmentos de población discriminados.
Una de las medidas más polémicas dictaminadas por el jefe de la Casa Blanca, muestra su esencia racista y discriminatoria con el trato injusto y represivo dado a la población migratoria con sus disposiciones al respecto.
Ello incluye excedidas militarizaciones en algunos Estados y frontera, detenciones masivas, separaciones de familias, deportaciones y encarcelamiento en centros penitenciarios de mal augurio e historia como “Alcatraz”, entre otras cárceles criticadas por sus condiciones inapropiadas o trayectoria de torturas y vulneración de derechos humanos, algunas fuera del territorio estadounidense.
Otra medida controvertida de esta administración ha sido la estrategia de incremento sustancial de aranceles a la inmensa mayoría de países, lo cual ha traído consigo fuertes rechazos por varios gobiernos del mundo.
Su apoyo incondicional al genocidio en Gaza por parte de Israel ha desencadenado también repudios por parte de los pueblos, también de ciudadanos norteamericanos que como en decenas de naciones se han pronunciado en movilizaciones contra esos crímenes de lesa humanidad que han dejado más de cien mil muertos, heridos y desaparecidos, más carencia de servicios básicos y condiciones infrahumanas de vida para millones de personas, particularmente niños, mujeres y ancianos.
Una actuación no asimilada por la comunidad internacional es también su estilo arrogante, prepotente, amenazador y de subestimación de otros países y gobiernos que no comparten su forma de pensar e ideología, no es capaz de interactuar con naciones que defienden modelos políticos y socioeconómicos, diferentes, y eso se debe a su mal hábito de querer imponer, por la fuerza, y abusando de poder, sus designios a otros Estados soberanos e independientes.
Instrumenta acuerdos y disposiciones que suelen ser, extraterritoriales, y vulneran derecho internacional y humano. Intervenir con fanfarria belicista en aguas del Caribe aproxima un conflicto regional y quizás hasta internacional, pues de forma ilegal asaltan barcos con petróleo de varias procedencias que sustentan comercio libre con Venezuela.
En estos casos, se apropian del recurso robado, a lo desvergonzado, creando precedentes muy peligrosos de piratería marítima que puede extenderse y dañar el tránsito, no solo en esa área, sino, además, en otras latitudes.
Asimismo han sido efectuado por parte del ejército estadounidense, actos criminales, letales, contra embarcaciones y sus integrantes, acusándolos de narcotraficantes, pero sin previa comprobación y evidencias probadas por parte de un sistema judicial correspondiente.
El reciente ataque traicionero e infame contra el pueblo venezolano dejó decenas de muertos y heridos, y produjo el secuestro de su presidente legítimo, reconocido internacionalmente por Naciones Unidas, Nicolás Maduro, es la mayor barrabasada y degradación de una administración que muestra su verdadero rostro de agresor, quebrantador del derecho internacional, la Carta de la ONU, principios de su Constitución y Congreso.
A la hora de las valoraciones objetivas, hay que comprender que Venezuela no agredió a los EE. UU, ni lo sancionó o bloqueó criminalmente, como hace Washington contra ese pueblo que solo defiende su derecho a la paz, al desarrollo e independencia.
Igualmente, con psicosis de “emperador universal”, algo de mente dislocada o muy torcida, amenaza y chantajea a países soberanos, como México, Colombia, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Honduras, (con interferencia descarada en sus elecciones), entre otros muchos países del mundo que no aceptan su intromisión en asuntos internos.
No solo advierte de intervenir en Venezuela para apoderarse de su petróleo y otros recursos naturales de manera verdulera como cualquier ladrón, sino también a otros que no sean obedientes o sumisos a sus designios, muestra signos de paranoia profundos, alguien fuera de control con un sequito de asesores e ineptos en diplomacia y moral como el señor secretario de Estado, Marco Rubio.
Trump da una imagen muy desacertada como dignatario de un país desarrollado y autoproclamado “paladín de democracia y derechos humanos”, sus acciones contradicen esa declaración histórica. Se constata su manía de mostrar triunfalismos y desviar la atención de los problemas más acuciantes que tienen hoy los ciudadanos estadounidenses envueltos en mayores niveles de violencia, drogas, porte de armas indiscriminado que trae consigo considerable número de niños en escuelas y personas en las calles, asesinadas.
Incentiva, además, la división de los pueblos latinoamericanos y caribeños que declararon unánimemente, a través de la CELAC, en el año 2014, la región como Zona de Paz, hoy violentado por EE. UU con agresión a Venezuela. Busca sin freno a la avaricia y desmedidas ambiciones, ampliar su influencia guerrerista con más bases, militares, incluso lo intenta en países que está prohibido por su Constitución y desaprobado por su pueblo, como en Ecuador.
Los estímulos a conflictos no cesan, se observan con su contribución en venta de armas y medios a Taiwán, que es parte indisoluble del territorio chino, pero es usado como punta de lanza contra el gigante asiático que defiende su integridad territorial. También se potencian las hostilidades en países de Asia, África y Oriente Medio.
Estos son algunas de las acciones más agresivas, injerencistas y subversivas de Washington orquestadas por su presidente desde la Casa Blanca y cuales distancian la credibilidad y confianza en la administración Trump, inmersa además en denuncias muy serias publicadas en medios y agencias de comunicación de ese propio país.
Se impone la rectificación de política de la Casa Blanca y el Congreso de EE.UU para mitigar la falta de credibilidad y el avance de la degradación moral y vulneradora de principios legales internacionales. Quizás el pueblo estadounidense y el Sistema de Justicia de Washington esté aun a tiempo de parar la locura del circulo de allegados de Trump y colaboradores del Complejo Militar que piensan más en sus intereses y arcas financieras, que en las demandas del pueblo de los Estados Unidos.
El presidente Donald Trump, por sus actos y declaraciones públicas de nuevas intervenciones militares y agresiones, sería buen candidato o acreedor de recibir en el 2026, el Premio Mundial Por Fomento de Conflictos y Guerras, el que quizás tiene pendiente por la Academia del Nobel, añadirlo, ante personajes como Trump, Netanyahu y agregarle otro, a la María Corina Machado.
La humanidad, incluyendo al Papa en la Santa Sede del Vaticano, lo que demanda con consistencia es: No más conflictos ni guerras, apostar a la paz y la vida de todos los pueblos de América Latina y del mundo.
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