Tras las provocaciones diplomáticas estadounidenses con la visita de altos funcionarios de la administración Biden que buscan legitimar al gobierno independiente de facto taiwanés, el gigante asiático reclama históricamente su soberanía sobre el pequeño archipiélago de Taiwan; mientras que los norteamericanos se han convertido en el principal suministrador de armamento y por tanto en sostén del régimen de Taiwán. Pero este escenario es sólo un capítulo más de la amplia estela de agravios de Occidente sobre la civilización china.
Las diferencias de la República Popular China con las potencias occidentales tienen larga data. A lo largo de este turbulento período que va desde mediados del siglo XIX hasta el presente, el pueblo chino construyó su identidad nacional, forjada en el orgullo por su cultura milenaria, su resistencia a la usurpación extranjera y matizada por el resentimiento hacia Occidente por las humillaciones recibidas. Este contexto explica las complicadas relaciones en el presente de la República Popular China con el resto de las potencias mundiales y especialmente Estados Unidos.
EL CAMINO SIN RETORNO

En el siglo XIX con las dos Guerras del Opio entre 1839 y 1860, el imperio británico y el francés impusieron ultrajantes cuotas de dominio político y económico al imperio chino, obligándolo a abrir su comercio y ceder Hong Kong a los británicos. Posteriormente la contienda chino-japonesa de 1895 por el control de Corea reconoció la ocupación nipona de la misma, que también obtenía Taiwán.
Desde finales del siglo XIX los imperios británico, alemán, francés, ruso y japonés aprovecharon la irremediable debilidad de la decadente administración imperial china para establecer zonas de influencia sobre toda su extensa geografía; estableciendo enclaves con administraciones semicoloniales y abriendo once puertos al comercio.
La respuesta popular a esta usurpación extranjera fue el Levantamiento de los bóxers entre 1899 y 1901. Este movimiento armado, nacionalista y antioccidental, fue duramente reprimido por los ejércitos invasores de una coalición de potencias europeas más el imperio nipón y Estados Unidos, las cuales ocuparon la capital Pekín y asesinaron entre 50 000 y 100 000 rebeldes, militares y civiles chinos.
La caída de la corte imperial en 1912 y el establecimiento de la República no significó un fortalecimiento de la administración central, por el contrario, el país continuó dividido por los intereses colonialistas y los señores de la guerra locales.
La influencia occidental llevó a la pérdida de los valores tradicionales chinos. La mayor urbe china, Shanghái, se convirtió en un antro de diversión para occidentales; inundada de casinos y burdeles.
Los finales de los años 30 marcaron los momentos más ultrajantes para el pueblo chino. En 1931 el imperio japonés culminó la ocupación de Manchuria y desde 1937 inició la invasión a gran escala del noreste del país, ocupando las principales ciudades, incluida la capital del país en ese momento, Nankín. La toma de esta ciudad representó una de las mayores atrocidades de la historia de Asia en la denominada “Masacre de Nankín”. Según las cifras oficiales chinas, en menos de seis semanas las tropas niponas torturaron y masacraron a 300 000 personas y más de 20 000 mujeres fueron violadas por los soldados japoneses.
Se estima que, en el transcurso de toda la guerra, entre 1937 y 1945, murieron alrededor de 21 330 000 chinos, la mayoría de ellos, unas 17 530 000 personas, debido a las matanzas indiscriminadas de civiles por el ejército nipón.
En 1949, luego del triunfo en la guerra civil de las fuerzas comunistas de Mao Zedong, los expulsados nacionalistas de Chiang Kai-shek se refugiaron en la pequeña isla de Taiwán, transfiriendo a la pequeña ínsula el gobierno de la República de China e imponiendo una dictadura totalitaria con economía de mercado.
El gobierno de Estados Unidos no reconoció inmediatamente a la China comunista, sino que continuó apoyando de forma oficial al Taiwán capitalista. No obstante, en 1971 se produjo una de las acciones diplomáticas más certeras en las reclamaciones chinas sobre Taiwán cuando la ONU dejó de reconocer como país y expulsó a la Rep. de China, aceptando en su lugar a la pujante Rep. Popular China que, además, ocupó su escaño entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Paulatinamente y ante sus avances económicos y comerciales, la mayoría de los Estados fueron reconociendo y estableciendo relaciones con el gigante asiático en detrimento de Taiwán.
Históricamente Estados Unidos ha intentado contener la expansión geopolítica de china en el área Indo-Pacífico (la de su influencia natural), estructurando un sistema de bases militares y alianzas defensivas con sus poderosos aliados capitalistas de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, junto al reconocimiento indirecto y avituallamiento militar de Taiwán.
Ante estas amenazas existenciales China ha respondido de forma expedita, impulsando la expansión tecnológica de su ejército y su armada a niveles de superpotencia, estableciendo la primera base militar permanente fuera de su territorio continental en el norte de África (Yibuti) y ocupando la mayor parte de las Islas del mar de la China Meridional (ha invadido y militarizado casi completamente los archipiélagos de las Islas Paracelso y las Islas Spratly).
China no debe ser tentada por las provocaciones estadounidenses e invadir Taiwán. Aunque en apariencia sería una guerra asimétrica (un oponente es mucho más fuerte que el otro), el conflicto armado sería devastador en la zona; con efectos demoledores para ambos contendientes. También provocaría terribles efectos secundarios en la economía mundial, paralizando instantáneamente la mayoría de las cadenas de producción-distribución del mundo que tienen como base a China y frenaría una gran porción de la industria tecnológica global, dependiente de los sofisticados semiconductores de la empresa taiwanesa TSMC, principal fabricante mundial.
TECNOLOGÍA DE DOBLE IMPACTO
Taiwán funde los chips más avanzados del planeta y su cuota de mercado sobrepasa el 65 por ciento mundial, la dependencia es tan pronunciada, que algunos especialistas la llaman el “escudo de silicio” y la señalan como uno de los principales imperativos de China para no invadir y por el otro extremo de Estados Unidos para sostener militarmente a la isla rebelde.
Ningún experto -incluidos los occidentales- duda de las capacidades operativas y del poderío bélico-tecnológico del ejército del gigante asiático. Sus tropas tienen el mayor número de efectivos del planeta, su flota naval es ya la mayor del mundo por cantidad de navíos (aunque en tonelaje la estadounidense aún mantiene la supremacía), acaban de estrenar su tercer portaviones -el primero de propulsión nuclear- y son punteros mundiales en la fabricación de misiles hipersónicos.
Por su parte Taiwán ha basado históricamente su planificación militar en la amenaza de la invasión china. Sus fuerzas militares, aunque inferiores en todos los órdenes a las de su poderoso vecino, tienen un alto grado de preparación y pueden movilizar inmediatamente a más de un millón y medio de reservistas. Su estrategia defensiva de puercoespín, con un gigantesco número de fortificaciones y bastiones a lo largo de toda la isla, junto a modernos y numerosos sistemas de defensa antimisiles occidentales – como el Patriot estadounidense-, la convierten en un adversario temible; incluso para los ejércitos más poderosos del planeta.
El tercer factor -y espada de Damocles- a considerar sería la reacción estadounidense. Si interviniera militarmente ante la hipotética opción castrense china las consecuencias serían impredecibles, pero con certeza estaríamos más cerca que nunca de la tercera guerra mundial y del apocalipsis de la especie humana, pues ninguna de las dos superpotencias reconocería jamás la derrota y llegaría al extremo existencial de utilizar sus ojivas nucleares, antes de sufrir la máxima humillación frente al odiado adversario.
El camino de la reunificación chino-taiwanesa debe ser pacífico y consensuado.
Los ejemplos de Hong Kong, británica hasta 1997 y Macao, portugués hasta 1999, con la transferencia de sus respectivas soberanías tras sendos acuerdos diplomáticos deben constituir la pauta a seguir. La política de “un país dos sistemas” instaurada por el Partido Comunista de China en estos territorios para mantener su prosperidad socio-económica y al mismo tiempo lograr su integración en el sistema político chino ha funcionado sin grandes contratiempos y lo mismo debe acontecer tras la anhelada unión.
El pueblo chino y el taiwanés tienen el mismo origen ancestral y comparten su antiquísima cultura, sus diferencias están asignadas netamente por las fronteras político-ideológicas y socio-económicas.
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Díaz-Canel dialoga con funcionarios y estudiantes cubanos en China (+Foto)

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Buena, muy buena explicación sobre este conflicto y sus consecuencias, ha sido un gusto poder leerlo y digerirlo. Gracias,