A veces el béisbol encuentra sus historias más sinceras lejos de los focos, en los barrios donde los sueños empiezan como una insistencia familiar y terminan convertidos en una camiseta azul sobre la grama del Latinoamericano.
Fue allí, en San Miguel del Padrón, donde Carlos Alberto Nieto convirtió una pelota de béisbol en la brújula que lo llevó a formar parte del equipo que lleva el nombre de Industriales en el pecho.
Curiosamente, el béisbol no fue un amor a primera vista para el joven infielder de 21 años. A los nueve, mientras otros niños perseguían pelotas por puro entusiasmo, él necesitó el empujón de su padre para entrar al diamante.
El destino tuvo que tocar dos veces a la puerta antes de ser escuchado y, quizás por eso, hoy juega con esa mezcla extraña de gratitud y obsesión que suele distinguir a quienes debieron aprender a enamorarse del oficio.

En la IV Liga Élite del Béisbol Cubano, donde cada plantilla reforzada parece una batalla de jerarquías y experiencia, Nieto ha conseguido algo que ya constituye una victoria silenciosa: ser regular en un equipo que marcha de líder con nueve triunfos y tres derrotas, apoyado en el mejor pitcheo y la defensa más sólida del torneo. Justamente en ese territorio, el joven capitalino ha levantado su nombre como quien clava una bandera.
Porque mientras algunos miran el discreto average ofensivo de .226 y creen encontrar dudas, el juego está contando otra historia: la del segunda base que no ha cometido errores en 48 lances, la del muchacho que convierte la rutina defensiva en un ejercicio de precisión, con 25 asistencias y participación en 11 dobles matanzas, para demostrar que también se puede brillar sin necesidad de hacer demasiado ruido.
Y aun así, detrás de esos números defensivos vive un bateador inconforme.
“Me considero mucho mejor bateador que fildeador”, asegura a Tribuna de La Habana con una seguridad que no suena arrogante, sino íntima, casi como una conversación consigo mismo.
Él sabe que todavía no ha mostrado su mejor versión ofensiva, aunque las siete carreras impulsadas —cuarto del equipo— y sus turnos de calidad con corredores en posición anotadora indiquen que, incluso lejos de su plenitud, sigue siendo útil para la manada azul.

En el terreno, quienes lo observan descubren rápido que Nieto pertenece a esa rara especie de peloteros jóvenes que juegan con rostro adulto. Habla poco, sonríe menos durante los partidos y carga cada inning con una seriedad casi antigua, porque, según confiesa, no soporta perder ni “lucir mal”, frase que explica muchas cosas: sus desplazamientos tensos, la concentración permanente y esa manera de vivir cada jugada como si el marcador dependiera exclusivamente de él.
Fuera del estadio, sin embargo, emerge otro muchacho: tranquilo, familiar, sencillo, todavía sorprendido de vestir el uniforme que soñó desde niño.
“Industriales para mí lo es todo”, dice, y en su voz no hay cálculo mediático, sino pertenencia verdadera. Tanto, que alguna vez confesó a un entrenador que no imaginaba jugar para otro equipo que no fuera el de la capital, excepto como refuerzo, porque este representa su casa, su familia y la meta que comenzó a perseguir desde aquellas categorías inferiores donde primero se sueña y después se sobrevive.
Quizás por eso entiende el peso simbólico de esta temporada, donde muchos etiquetaron a los Azules como el equipo más débil de la Liga Élite, una sentencia que él rechaza con serenidad, defendiendo la idea de que las nóminas no ganan partidos y que la verdadera diferencia aparece en esos nueve innings donde la presión obliga a revelar carácter. Y carácter le sobra.
Debutó en la pasada Serie Nacional y no se escondió detrás de la juventud: jugó 51 partidos, bateó para .275, conectó 11 dobles y remolcó 12 carreras, dejando claro que su crecimiento no era casualidad, sino proceso.
También carga influencias claras —Yuliesky Gurriel, Andrés Hernández y Yosvani Peñalver—, pero hoy mira de cerca a Yasel Julio González, compañero de equipo al que observa casi como un estudiante silencioso, fascinado por esa capacidad de olvidar rápido el error y concentrarse en la próxima jugada, un detalle que Nieto reconoce necesitar para alcanzar otra dimensión competitiva.
Mientras tanto, sigue creciendo. Puede jugar varias posiciones, aunque el campo corto, la tercera base y el jardín central le despierten una emoción especial; sueña con ser contratado alguna vez en una liga profesional, pero antes quiere escribir su nombre en la historia azul.
Tal vez por eso, cuando cae la tarde sobre el Latinoamericano y los Industriales salen al terreno, Carlos Alberto Nieto parece jugar algo más importante que un campeonato: juega contra la idea de que la juventud debe esperar turno, contra quienes dudaron de su equipo y, sobre todo, contra sí mismo, porque algunos peloteros persiguen estadísticas y otros persiguen respeto.
Él parece decidido a conquistar ambas cosas al mismo tiempo.
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