El regreso de Yaser Julio González a La Habana no llegó con estridencias, sino con una fuerza contenida que hoy estalla en cada swing, como si el tiempo le debiera algo y cada turno al bate fuera una conversación pendiente con su historia.
En esta IV Liga Élite del Béisbol Cubano, su madero habla con autoridad: siete jonrones para liderar el campeonato, 13 impulsadas al frente de Industriales, average de .333 y un OPS que intimida (1.232).
Son números que no solo explican el momento de los Leones —nueve victorias en doce salidas—, sino que también cuentan la historia de un pelotero que, a sus casi 34 años, parece haber encontrado una nueva juventud.
Pero Yaser no es solo cifras, es contexto y viaje. Nacido en la capital, debutante con Metropolitanos en 2012, se hizo hombre con los Vegueros de Pinar del Río, donde en ocho campañas aprendió a batear con furia y a vivir con pertenencia. Allí dejó temporadas de poder —tres campañas de 17 jonrones— y, sobre todo, una familia beisbolera que aún lo habita.
“Extraño a esos compañeros… creamos una familia”, confiesa, sin esconder la nostalgia. Sin embargo, el destino lo trajo de vuelta. La enfermedad de su padre, su pérdida, y luego el regreso al uniforme capitalino. Un retorno que primero dolió —marcado por una lesión— y ahora florece.
Hoy, en la esquina caliente de tercera base, Yaser juega con la serenidad de quien ha entendido el juego más allá del diamante. Se le ve sonreír, compartir, atender a la prensa con la misma calma con la que espera un lanzamiento. Es, como dicen quienes lo conocen, un hombre noble, de carácter templado, fiel a sus principios y a sus equipos.
“No tuvimos mucho tiempo de preparación… pero me siento bien física y mentalmente y está saliendo el resultado”, asegura, y en esa frase se resume todo: la honestidad del atleta y la confianza del hombre.
Porque si algo distingue a este equipo capitalino es la fe en lo colectivo. Él mismo lo deja claro: “Nos hace esforzarnos al 110 por ciento… porque el equipo Industriales es una institución que hay que cuidarla”.
Yaser no juega solo por estadísticas, juega por símbolos, por una camiseta que pesa, por una afición que exige y sostiene y por una sequía de más de 15 años sin títulos que arde en el orgullo azul.
“Mis sueños inmediatos son ser campeón con los Leones e integrar el equipo Cuba a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo”, dice, como quien no quiere prometer, pero tampoco esconder el anhelo.
En su discurso no hay diferencias entre Pinar y La Habana, solo colores distintos para una misma esencia: “Son las mismas familias… con una misma meta”. Esa capacidad de pertenecer, de construir hogar donde pisa, explica por qué su liderazgo contagia.
A dos jonrones de los 100 en su carrera, Yaser Julio González no persigue cifras; persigue sentido y en ese camino, mientras el Latinoamericano vuelve a latir y los felinos se aferran a la cima, su bate sigue marcando el ritmo de una historia que, más que regreso, parece redención.
Porque a veces el hijo pródigo no vuelve para ser perdonado. Vuelve para reinar.
Ver además:
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