Hay equipos que juegan contra el rival, y otros que juegan, sobre todo, contra su propia historia. Industriales pertenece a esta última estirpe: cada entrada que disputa carga con el peso de las glorias pasadas y con la sed intacta de una corona que se ha vuelto esquiva, casi mítica, como un recuerdo que se resiste a regresar.
En estos cuartos de final de la 64 Serie Nacional de Béisbol, los Leones no han sido un huracán desatado, sino una fiera que avanza con sigilo. No han arrasado; han sobrevivido, y en esa capacidad de resistir, de sostener el pulso cuando el juego amenaza con inclinarse hacia el abismo, se ha revelado su verdadera identidad.
El pitcheo ha sido la muralla. No perfecta ni inexpugnable, pero sí firme en los momentos donde el partido se decide sin testigos visibles. Brazo tras brazo, los lanzadores azules han logrado domesticar la peligrosa ofensiva de Mayabeque, obligándola a morder el aire en instantes claves, a dejar corredores varados como promesas incumplidas. No siempre ha sido dominio absoluto, pero sí control del caos, que en la postemporada equivale a una forma superior de poder.
La defensa, a ratos temblorosa, ha ofrecido también destellos de redención. Errores que abren grietas, pero seguidos de jugadas que parecen sacadas de un guion cinematográfico: lances imposibles, tiros precisos, capturas que detienen carreras como si el tiempo pudiera congelarse por un segundo. Industriales vive entre el filo y la épica, entre el tropiezo y la salvación.
Luego está el bateo, el arma que debía estremecer a su rival y que, sin embargo, ha preferido hablar en susurros. No ha sido la avalancha esperada, no ha habido festines ofensivos, pero sí conexiones oportunas, golpes exactos en el instante preciso, como si cada hit fuera una llave mínima capaz de abrir una puerta cerrada con hierro. En playoffs no siempre gana quien más batea, sino quien entiende cuándo hacerlo.
Desde la banca, Guillermo Carmona observa con la serenidad de quien conoce las cicatrices del oficio. Ha ponderado al contrario sin máscaras: un equipo con memoria industrialista en sus filas, con hambre, con herramientas suficientes para cambiar el guion en cualquier momento. No hay soberbia en su discurso, sino una certeza tranquila: esta serie no se gana por inercia, se gana por carácter.
También pesa el silencio previo. El largo parón antes de los playoffs dejó huellas visibles: ritmos rotos, sincronías perdidas, reflejos que tardaron en despertar. Pero el béisbol se regula a sí mismo. Cada juego devuelve sensaciones, cada inning pule la forma deportiva, cada decisión ajusta la brújula interna de los equipos que aún siguen de pie.
Industriales, mientras tanto, parece reencontrarse con su esencia más antigua: la de competir sin alardes, la de resistir sin estridencias, la de convertir la presión en combustible. No es un equipo deslumbrante, es uno obstinado. No seduce quizás, pero persiste. Y en esa persistencia hay algo profundamente reconocible para su afición, esa multitud exigente que no se conforma con llegar, que solo entiende el verbo vencer conjugado en presente.
Porque ganar cuatro veces en esta fase no es solo avanzar. Es asegurar futuro, garantizar presencia en la Liga Élite, mantener vivo un linaje que se niega a desaparecer del mapa mayor del béisbol cubano. Es, en cierta forma, defender una identidad colectiva: las letras góticas en el pecho no son un adorno, son una herencia que obliga.
El rival lo sabe. Por eso cada partido se juega con la tensión de un duelo clásico, aunque los uniformes sean otros. Hay respeto mutuo, pero no tregua. Cada error puede ser definitivo, cada acierto una sentencia. Nadie se guarda nada, porque ahora no se piensa en mañana, se sobrevive al hoy.
Así, entre congas, graderíos vibrantes y tardes que parecen alargarse más de lo normal, Industriales continúa su travesía. No como un campeón consagrado, sino como un aspirante que camina sobre brasas, con la historia empujando desde atrás y el futuro aguardando al final del túnel.
Tal vez este equipo no sea el más brillante de su era. Tal vez no arrase, no deslumbre, no humille, pero posee algo que no se entrena: la costumbre de estar cuando importa. Y mientras esa costumbre siga viva, mientras el León siga respirando en cada entrada cerrada, en cada hit oportuno, en cada out salvador, la corona seguirá siendo una posibilidad real y no solo un recuerdo lejano.
Porque en el béisbol, como en las grandes historias, no siempre triunfa el más fuerte, sino el que se niega a aceptar que su tiempo ya pasó. Industriales no ha ganado nada aún, pero tampoco ha perdido lo más importante: la fe en sí mismo. Y con eso, a veces, basta para escribir un final que todavía nadie se atreve a pronunciar. Nos vemos en el estadio.
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