La postemporada de la 64 Serie Nacional de Béisbol tendrá un duelo que no necesita presentación ni adjetivos exagerados. Industriales y Huracanes se miden en cuartos de final en una serie que nace marcada por la cercanía geográfica, los caminos cruzados y una rivalidad alimentada por la memoria.
No es solo La Habana contra Mayabeque. Es la capital frente a su periferia inmediata, el poder histórico frente al vecino que aprendió a competir a la sombra. Es, también, el reencuentro de varios peloteros que un día vistieron de azul y hoy defienden con furia el uniforme de los rivales, como si cada out y cada hit fueran una respuesta tardía a viejas decisiones.
Industriales llega con el peso que nunca abandona a los grandes. Doce títulos nacionales, un estadio que impone respeto y una afición que no entiende de procesos largos ni excusas coyunturales. Los Leones saben que cualquier tropiezo se amplifica, que cada error se juzga con lupa y que la historia, lejos de proteger, exige.
Guillermo Carmona lo tiene claro. Desde la prudencia del banco ha insistido en la concentración total y en el uso inteligente de las armas disponibles, consciente de que Mayabeque fue uno de los equipos que los superó en la etapa clasificatoria y terminó por delante en la tabla. Industriales no subestima: se prepara para una serie larga, tensa, donde el terreno dictará sentencia.
Las lesiones, enfermedades y ajustes defensivos obligaron a múltiples movimientos durante el campeonato, especialmente en el cuadro. Aun así, el cuerpo técnico llega con decisiones tomadas.
Raymond Figueredo y Remberto Barreto asumirán la responsabilidad de abrir los dos primeros desafíos, mientras que el campo corto —zona de inestabilidad durante meses— recaerá en Roberto Álvarez y el novato Garzón, ya consolidados en los últimos tramos.
Del otro lado emerge un Mayabeque sin complejos. Los Huracanes han construido su identidad desde la fe interna, incluso cuando desde fuera pocos los veían en la postemporada. Osmel Cordero, director y exindustrialista, condujo a su grupo con una idea fija: competir juego a juego, lanzamiento a lanzamiento, hasta cumplir el objetivo de clasificar. Lo lograron, y ahora quieren más.
Para esos guerreros, este cruce tiene un significado especial. No solo por tratarse del equipo insignia de la pelota cubana, sino porque en su dugout conviven historias compartidas: antiguos compañeros, amistades fuera del terreno y cuentas pendientes dentro de él. Ambos mentores han sido claros en el mensaje a sus jugadores: la cercanía emocional no puede cruzar la línea de cal. En el terreno, la rivalidad manda.
El principal argumento de los Huracanes está en el montículo. Fueron el mejor cuerpo de lanzadores del torneo, el único conjunto capaz de sostener un promedio de carreras limpias por debajo de cuatro. Mantuvieron una rotación estable, respaldados por un bullpen listo para cualquier escenario. Esa solidez les dio identidad y confianza.
No todo es calma en su campamento. Algunas bajas por problemas de salud obligan a reajustes, pero el discurso no cambia: el grupo que salga al terreno está preparado física y mentalmente para asumir el reto. La familia que han construido —como repite su director— es su mayor fortaleza.
La serie evoca inevitablemente viejos fantasmas. Para muchos, recuerda aquellos duelos desiguales entre Industriales y Metropolitanos, cuando el segundo equipo de la capital encontraba una motivación extra frente al gigante azul. Hoy, Mayabeque ocupa ese rol simbólico: el vecino que no se resigna, el rival que juega con el orgullo de quien quiere demostrar que pertenece a la élite.
Tradición contra hambre, historia contra reivindicación y presión frente a libertad. Así se dibuja este cruce de cuartos de final, donde no hay espacio para la indiferencia ni margen para el error. Cuando la bola empiece a volar, quedará claro que no es solo una serie más: es una batalla cercana, íntima y feroz, donde cada lanzamiento llevará el peso de la memoria. Nos vemos en el estadio.
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