Hoy, al cruzar el umbral de un nuevo año, Cuba no solo celebra el cambio en el calendario. Conmemora el latido fundacional de su historia contemporánea: el Triunfo de la Revolución. Aquel primero de enero de 1959 fue el despertar colectivo de un pueblo que, entre la alegría desbordante y la esperanza febril, decidió tomar en sus manos el timón de su propio destino, marcando el fin de la noche neocolonial y el inicio de un camino extraordinario y tortuoso, soberano y bloqueado, forjado en la voluntad inquebrantable de ser dueños de nuestra tierra y nuestros sueños.
Es un recordatorio, cada año, de que la dignidad es más poderosa que los ejércitos, y de que la mayor fortaleza de una nación reside en la unidad de su pueblo.
Este aniversario tiene, en el horizonte cercano, una resonancia aún más profunda. El año 2026 se aproxima como un faro histórico: el centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. La figura del Comandante se entrelaza de manera indisoluble con la epopeya del primero de enero.
Fue su pensamiento estratégico, su fe absoluta en el pueblo y su liderazgo audaz el que guió la lucha desde la montaña hasta la victoria total. Recordar la Revolución es, inevitablemente, evocar su rostro joven y decidido, su verbo encendido que luego se convertiría en brújula y escudo para la nación.
El centenario será, sin duda, una ocasión para reflexionar sobre la trascendencia de su legado, no como una reliquia del pasado, sino como un arsenal de ideas y principios vivos que siguen interpelando al presente y desafiando al futuro.
Por ello, este primero de enero no es solo una mirada hacia atrás. Es un acto de reafirmación en el camino elegido. Celebrar la Revolución a las puertas del centenario de Fidel es renovar el compromiso con los ideales de justicia social, independencia nacional y solidaridad humana que él encarnó. Es honrar la memoria de los caídos convirtiendo su sacrificio en obra diaria.
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