El aroma del marabú, la acacia y la ubita estaban en cualquier guardarraya o patio vecinal y provenían de aquellos –sin otra utilidad que la de ofrecer sombra o clasificados como desechables, en las zonas urbanas o de la ciudad-; sin otro destino (aparente) hasta que una crisis energética provocada por el bloqueo estadounidense hizo recapacitar a más de un cubano residente en la capital.

Las amas de casa pensaron en el carbón como medio para cocinar, sin preguntarse: ¿Y quién lo haría? Los que calcularon que desapareceríamos por inanición se equivocaron. No contaron con la capacidad de resiliencia de este pueblo.

Faltaría el gas licuado y la electricidad, tendríamos graves afectaciones energéticas para otras funciones como la transportación, el funcionamiento de industrias, talleres, centros de investigación, instalaciones del sistema de salud pública, escuelas, universidades; pero no contaron con la capacidad de alternativas que siempre ha estado latente. `

Foto: Ana Maura Carbó Durán

Yoandri Balar y Aliuska García nunca imaginaron que desentrañarían los misterios de una buena madera para hacer carbón. Paciencia, fracasos y volver a comenzar serían el camino para lograr un carbón de calidad. Como se dice en el lenguaje popular los primeros se ¡volaron! (algo que ocurre cuando el fuego abraza demasiado la madera y la hace inservible como energético), entonces las horas de vigilia del horno, fueron la escuela y no pasaron en vano.

Ya dominan el arte de acomodar estacas para colocarlas unidas unas con otras –en una pirámide cubierta por ceniza y tierra- para que queme bien y lograr el producto final y duradero, para cocinar

Por la seriedad con que trabajan y la calidad de su carbón, muchas personas les avisan en qué patio hay un árbol (no clasificado entre las especies protegidas), cuyos dueños quieren eliminar porque han pensado cultivar otras especies de ciclos cortos en los cuales predominan los vegetales y algunos condimentos.

Ellos acuden a cortar y luego lo llevan sobre los hombros hasta el patio de su vivienda, donde acomodan el futuro horno; la experiencia les ha aportado construirlos pequeños para no permanecer muchas horas de vigilia nocturna.

Aliuska García no espera preguntas de esta reportera. Mira la lejanía y dice: “No conocía nada de carbón… y la primera vez que armamos todo y se veía bonito, vigilamos y a los siete días descubrimos que la madera estaba intacta por poco me muero, pero me dije adelante que la resiliencia es nuestra arma.