Según la sabiduría popular cubana, lo que no se anuncia no se vende, tal vez esto tenga su base en el antiquísimo arte del pregón cubano. Esta voz del latín Praeco, según el manual de la Lengua Española, significa divulgación de la noticia o aviso. Algunos estudiosos afirman que se heredó de España y que sobrevive con fuerza hoy en América Latina y el Mediterráneo, pero según Don Fernando Ortiz, el pregón es el alma del cubano; lo cierto es que eran manifestaciones de las clases menos pudientes que anunciaban sus mercancías o servicios.

Las voces de vendedores ambulantes llegaron muchas veces a convertirse en arte por sus toques de musicalidad mezclada con el humor y picardía tropical del cubano.

Debe pregonarse con un cantar acompasado, jovial con gracia pegajosa y musicalidad como los de antaño, en ese entonces ejercido a lomo de mulos cargados de canastas o a pie. También sobresalía un personaje que recorría las calles con un artefacto entre bicicleta y carretilla, pero al que nunca podía faltarle su xilófono; este era el tan demandado amolador de tijeras y cuchillos.

Resulta muy común encontrar a personas en las calles de toda la geografía de nuestra bella Isla ofreciendo sus productos que pueden ir desde maní, frutas o dulces hasta una gran diversidad de utensilios.

Si nos vamos a la historia entre los siglos XIX y XX, varios compositores y artistas consiguieron sus melodías basadas en tan antigua y conocida práctica. Ejemplo de esto fueron El yerberito, Los tamalitos de Olga, Frutas del caney, y El manisero, tema que alcanzó su máximo esplendor en la voz de Rita Montaner allá por 1927, y se convirtiera en una de las canciones cubanas más interpretadas en el mundo, en todos los tiempos.

Hoy, debido al desarrollo de la tecnología, los pregones generalmente se ejecutan sin melodía, cuando más, se entona alguna rima, incluso, muchos han grabado el anuncio de su oferta a modo de resguardar su garganta del esfuerzo, pero estos distan mucho de los de antaño: para pantalón y saco, vendo perchero barato, pues la voz impersonal y en ocasiones desagradable con rango de grito pausado o reggaeton deslucido hacen que cambie el atractivo del jovial y picarezco de épocas pasadas.

Solo podemos encontrarnos la tradición en las plazas cercanas al puerto, gracias al trabajo de la Oficina del Historiador de La Habana, donde se mantiene viva y de manera muy parecida a entonces, con las muchachas ofreciendo la venta de sus flores, maní, caramelos o churros, a los visitantes y hasta el ofrecimiento de una foto para guardar el recuerdo de tan bella ciudad.

Foto: Grupo de Fotos de La Habana/facebook
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